SIN ESPINAS
Los sentimientos

Por Javier de la Rosa
2 min
Opinión09-01-2005
“Impresión y movimiento que causan en el alma las cosas espirituales. Estado de ánimo”. Esta es la definición que la Real Academia de la Lengua de España da al concepto de sentimiento. Vamos a releerla otra vez. Para empezar nos damos cuenta de que el sentimiento es una cosa del alma, del ánima. Por lo que se deduce que quien cree no tener alma no podría tener sentimientos. Muchos que dicen que el alma no existe también negarán que ellos carezcan de sentimientos, por lo que aventuro que no estarán en absoluto de acuerdo con que los sentimientos tengan que ver con el alma humana sino más bien con unos procesos físicos y bioquímicos que desencadenan en una lágrima o una sonrisa. Sin embargo, los que defienden esa teoría tendrán que hacer malabares para explicar la alegría o la soledad interior, que aunque a veces no se expresan a través de estos signos físicos, nadie dudaría en asegurar que los ha experimentado. Si leemos con detenimiento por tercera vez la definición de la RAE, nos daremos cuenta de que los sentimientos son una consecuencia de algo que nos ocurre, nos impresiona o nos mueve. Sin embargo, hoy día se considera que sentir es vivir. Sentir grandes emociones, sentirse enamorado, sentirse solidario, sentirse tolerante, encontrarse de mal rollo, etc. El sentimiento sería, por lo tanto, la causa de algo y nos demostraría que estamos vivos. Como se dice: “nos permite sentirnos vivos”. Es más, para este modo de entender, todo aquello que de partida no se puede sentir no interesa, no se comprende o en rigor, no existe. Si se concibe así la realidad se puede entender fácilmente cuál es la enfermedad que acecha al hombre actual. Se trata de una adicción que mata su espíritu y que puede acabar con él físicamente. La enfermedad es la sensiblería, es decir, el sentimentalismo exacerbado y la droga es el sentimiento. El hombre postmoderno, ávido de esta sustancia, busca desaforadamente todas estas emociones en el ocio, en el consumo, en la televisión, en las drogas duras, en el sexo, en el deporte de alto riesgo, en el turismo que es la perversión del peregrino, etc. Todas estas actividades, le quitan el mono a la vez que alimentan su avidez. De tal manera, que cada vez el deseo a repetir es más fuerte y, sin embargo, el placer experimentado es más decreciente. Es decir, sigo igual, vivo en una eterna repetición y nada de esto me colma porque no es capaz de responder a lo que anhelo. Y entonces, con tal de sentir nuevas emociones uno se agarra ya a cualquier sentimiento sea bueno o malo. En esa búsqueda de material original suele presentarse la melancolía, primera en la línea de salida a estas alturas. Si le cogemos gustillo terminamos con una profunda depresión. El hombre de hoy camina hacia el suicidio pero prefiere no hablar de ello porque le provoca malos sentimientos.






