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SIN ESPINAS

La Sidra de Eva

Fotografía

Por Javier de la RosaTiempo de lectura3 min
Opinión09-09-2001

Borrachera, merluza, moña, castaña, chuza, trompa, mona, pedo, tajada y extraña dipsomanía. Todas, palabras para expresar el atracón de licor suave que se da un país hasta perder el dominio racional de sus facultades, es decir, hasta que se emborracha. La causa se halla en un nuevo producto embriagador: La Sidra de Eva (materia prima importada del norte, color ambarino a lo salmón de noruega, aspecto escotado y sabor agridulce. Es espumosa, tónica y refrescante y se obtiene de la fermentación de la manzana golden Eva: amarga, dulce y ácida). Ante tanta beodez cabe un tratamiento preventivo de alcoholismo severo a base de dosis periódicas de hipocresía monárquica. ¡Demonios! Cuidado con esta Eva de principios de milenio, que de la manzana ha hecho una sidra para emborrachar a nuestro Adán y a todos los españoles. Pero también se puede pasar la moña con un tratamiento curativo de oportunismo republicano. ¿Veis cómo la monarquía no sirve para nada, más que para darnos gastos y disgustos? Pero claro, todo tratamiento tiene sus contraindicaciones. Veamos: lo de la sangre real suena ya a cuento chino casi racista. Máxime cuando la historia ha demostrado una y otra vez que los enlaces concertados no han traído más que imposturas e infidelidades a las casas reales; y a los países que las amparan, problemas para ocultar las sabanas sucias debajo de la alfombra de la unidad nacional. De otro lado, acabar con la monarquía española supondría la aniquilación de las funciones y compromisos que asume y consigue cumplir. Los apuntaba esta semana muy certeramente -no acierta en otra cosa- Darío Valcárcel en el Abc: "defender la pertenencia a una entidad histórica común, sobre todo en casos de crisis, [...]; recordar la construcción del Estado, durante más de diez siglos; representar a España en la formación de Europa; y cohesionar a la comunidad iberoamericana, en defensa no sólo de su lengua sino de una gran política común, desde México a Chile, pasando por Brasil". Pero todo esto -loable y necesario- no es óbice para que un heredero al trono decida sobre algo irrenunciablemente personal. O sea, ¿no me fío de mi príncipe -treinteañero ya- para elegir futura esposa y reina, y sí confío en él para que sea mi rey? ¿Qué monarquía moderna quieren? ¿Aquella que pasa de ser una institución de origen divino a reconocerse puramente humana para convertirse en infrahumana? Sí, señores monárquicos. Si hablan de un rey que no puede ser persona antes que monarca, mejor invéntense otro anacronismo para que se ponga la Corona. Felipe ¿quieres elegir? Abdica lo que recibiste sin elección que ya encontraremos otro que lapide sus libertades fundamentales por un puñado de privilegios. Para qué dejar en sus manos la decisión entre nación o felicidad personal si son las nuestras las que pagan y manejan la marioneta ¿no? Plantéenlo como quieran. Con monarquía siempre aparecerá una elección personal que exija un acto de fe. Esta institución no es posible sin verdade ra confianza en el monarca. Otra cosa es aberrante hipocresía. ¿Se imaginan que al final la princesa elegida por el pueblo -o los listos- nos sale rana? Mejor sigamos bebiendo ¡Eva, trae esa sidra que vamos a brindar!

Fotografía de Javier de la Rosa