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SIN CONCESIONES

Crueldad con los más crueles

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura2 min
Opinión09-09-2001

Paloma era bajita y un poco regordeta. Siempre llevaba gafas. Solía esconderse detrás de aquella corta melena que le tapaba la cara. En ocasiones, servía para que la gente no la viera. Así, nadie se metía con ella. Nadie la insultaba. Decían que Paloma era fea. Pero sólo era diferente. Teníamos seis o siete años. La edad a la que todos los niños son crueles. Y, a veces, lo éramos. Crueles como esos escolares irlandeses que ahora tiran piedras a sus compañeros por ser católicos en lugar de protestantes. Casi tan crueles con el padre que educa en el odio a su hijo lanzando objetos e insultos a pequeños inocentes. Buen modo de ser cívico y dar ejemplo en el siglo XXI. El problema no es sólo de los profesores. En muchas ocasiones, son ellos quienes derrochan esfuerzo mientras el alumno recibe la condescendencia de sus progenitores. Aunque, en otros casos, aleccionan con los libros pero olvidan predicar con el ejemplo y contradicen la teoría. Así ha ocurrido con un centenar de alumnos que escuchaban a su profesora ensalzar en clase el matrimonio y, luego, la veían marcharse a casa del brazo de un hombre divorciado. Los responsables eclesiásticos la han expulsado del colegio, igual que a otras dos mujeres en similares circunstancias. Razones no les faltan. Pero ellos también han olvidado que la Biblia nos enseña a poner a veces la otra mejilla. Tampoco atendieron a la parábola de la cizaña. Esa que diferencia entre buenas y malas hierbas en el campo del Señor. Unas y otras vivirán juntas hasta la llegada del Juicio Final para seguir caminos separados. No conviene adelantar la fecha. Ni convertir nuestra existencia en una lucha de justicia personal. De ahí al odio o la venganza sólo hay un paso. De ahí a matar al enemigo o suicidarse para matarlo resta una decisión. Sólo una buena educación de padres y maestros facilita la elección. Así lo hicieron en mi colegio con Paloma y todos nosotros. Las profesoras nos dieron conocimiento y ejemplo. Al fin y al cabo, eran misioneras. La gente empezó a respetar a Paloma y ella se respetó a sí misma. Por cierto, hace poco me encontré a Paloma en el metro. Estaba guapísima. Fue otra lección que, esta vez, me enseñó la vida. Ya lo dijo Confucio: "Cada cosa tiene su belleza, pero no todos puedan verla".

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito