ANÁLISIS DE ESPAÑA
El dinosaurio seguirá ahí

Por Alejandro Requeijo
2 min
España21-07-2014
Todo es posible dentro de la democracia. Esa era la premisa y se supone que lo sigue siendo. Toda opción política, incluso la independencia, era una opción legitima y realizable con la fuerza de los votos. Sin embargo, la realizad ha demostrado ser más compleja. Si mañana los ciudadanos de una región española, ya sea el País Vasco o Cataluña, votasen masivamente a partidos que abogan sin tapujos por la separación de España, esa independencia no sería posible. Y no lo sería a pesar de que una de esas dos regiones tendría un parlamento autonómico legítimo de mayoría independentista que, en respuesta al voto de sus ciudadanos, tendría la obligación de proclamar la secesión. Pero esto no sería posible porque así lo marca la Constitución española en una serie de artículos que se explican mejor diciendo que, al formar parte de España, la independencia de Cataluña no afecta sólo a los catalanes, sino que también tiene que tener poder de decisión un señor de Murcia. Aunque ese señor nunca tuviese intención de ir de vacaciones a Salou o contemplar in situ la Sagrada Familia de Barcelona. O sí, quién sabe. Ese derecho, además de ser lo que marca la Ley (la base de la democracia), es fácilmente entendible para cualquiera, pues más allá de casos concretos, la separación de una parte de España haría de lo que queda de España un país más débil. Y por tanto es verdad que afecta a todos. Pero al mismo tiempo es difícil de entender para alguien de mentalidad independentista que no siente esa vocación de país más allá de sus fronteras locales. Que no siente una relación con otras regiones de España mayor que el que puede guardar con una región del sur de Francia, por ejemplo. Que en definitiva se pregunta de qué sirve su legítimo voto independentista. Este es el nudo gordiano del conflicto en el que se encuentra España. De nada sirve apelar a la Historia pasada común. De nada sirve demostrar a quienes se separan que también serían más vulnerables a nivel internacional. Que se marcharían las empresas y la inversión. De nada sirven las terceras vías. Desgraciadamente, ni siquiera una reforma de la Constitución solucionaría este problema concreto, pues nada de lo que pactasen las dos grandes fuerzas abriría la puerta a la independencia. Tampoco el federalismo del PSOE calma a quien se quiere ir. En los países del entorno en los que existe el federalismo, sus regiones no gozan de más autogobierno que las comunidades autónomas españolas. Si acaso, estas medidas pueden servir para desmontar ciertos discursos maniqueos, pero tampoco solucionan el problema de fondo. Si los ciudadanos de una región quisieran seguir siendo independentistas, el dinosaurio seguirá ahí al despertar cada mañana.
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Alejandro Requeijo
Licenciado en Periodismo
Escribo en LaSemana.es desde 2003
Redactor de El Español
Especialista en Seguridad y Terrorismo
He trabajado en Europa Press, EFE y Somos Radio






