IMPRESIONES
El valor ¿absoluto? de la transparencia

Por Álvaro Abellán
4 min
Opinión27-03-2014
Decía Chesterton que cuando uno ya no cree en Dios no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa. Como me suele ocurrir con el genial escritor inglés, me pareció una afirmación brillante para el debate público de algunas cuestiones, pero una exageración cuando pretendemos generalizarla. Como también me suele ocurrir con él, descubrí que su brillantez escondía algo mucho más valioso que un ejemplo: es casi un axioma, una ley del comportamiento humano. He llegado a comprender la afirmación de Chesterton gracias a un paso intermedio: desde que en Occidente hemos renunciado a los tradicionalmente llamados valores absolutos, como la verdad o el bien, tendemos a convertir en absolutos valores que sólo pueden ser relativos, como la neutralidad o la transparencia. Mis impresiones sobre el valor de la neutralidad ya las expondré en otro artículo. Llegué a la cuestión de la transparencia la última vez que pedí una botella de vino en un buen restaurante. Mientras escuchaba al dueño del local demandar mayor transparencia por parte de los partidos políticos y las grandes multinacionales, leía los precios en la carta de vinos y me preguntaba: ¿Me va a cobrar 12 euros por esta botella, pero, cuánto le habrá costado a él? Podría habérselo preguntado. Seguramente no me hubiera respondido. De hacerlo, se habría sentido en la necesidad –y con razón– de explicarme que al precio que él paga por la botella debemos añadir el coste de la elección de unos u otros vinos mediante su cata previa, los costes de transporte y almacenamiento y otros costes indirectos que repercuten en todos sus productos: alquiler del local, sueldos de los camareros que abren y sirven el vino, electricidad, vinoteca, las copas y su mantenimiento y lavado, etc., todo eso sin entrar en el beneficio neto y legítimo que él quiere obtener por ofrecernos ese servicio, que es bastante menor que la cantidad que sale de restar al precio que pago yo por la botella el precio que paga él a la bodega. Cuando pedimos algunos datos a los partidos, las empresas y muchos otros personajes públicos, deberíamos estar dispuestos a pagar el precio que nos supone aprender a poner todos esos datos en un contexto adecuado y el coste no es bajo: nos exige invertir mucho tiempo no sólo en conocer todos esos datos, sino en formarnos para comprenderlos adecuadamente. Imaginemos que en la carta del bar de la esquina, junto al nombre de las raciones y su precio, nos encontramos un desglosado de los datos que mencioné antes y muchos otros de los que ni siquiera soy consciente, porque no soy un experto. En ese desglosado habría que incluir, además, cómo repercute en la botella de vino el estudio que le pido al dueño del bar, sí como su publicación en cada una de sus cartas –que ya no es de una página en blanco y negro, sino de 10, llena de colores y tablas estadísticas–. La mayor parte de las veces descubriremos que el coste de obtener toda esa información no merece la pena, ni para nosotros ni para el dueño del bar. Después de jugar a considerar la transparencia como un valor absoluto volveríamos, agotados, a lo esencial: ¿Confío en este bar? ¿Le merece la pena a su dueño ofrecerme esta botella por este precio? ¿Me merece a mí la pena pagar este precio por tomarme aquí esta botella de vino? Todas ellas, preguntas muy vinculadas a los valores de la verdad -pues hablamos de confianza mutua- y al bien –el mío y el del dueño del bar–. Con esto no quiero decir que la transparencia no sea un valor y tampoco quiero decir que no sea un valor importante. Lo es. Seguramente hay muchos datos de empresas y partidos que sí deberían ser públicos; y quizá debamos formar profesionales capaces que estudiarlos y compartir sus resultados con ciudadanos. Aun en ese caso, la cuestión de la veracidad de esos profesionales y del bien que su trabajo supone para nosotros, vuelve a ser lo esencial. Si no creyéramos en ellos, necesitaríamos acudir a quien revisara el trabajo de esos profesionales y así, hasta el infinito. Sólo cuando atendemos a lo esencial la vida se torna mucho más fácil, porque todo lo que no es esencial puede ser más o menos importante, pero es secundario. Para cerrar estas divagaciones debo volver a Chesterton, porque él no hablaba de creer en los valores absolutos, sino de creer en Dios. El camino que hemos recorrido entre la transparencia y lo verdadero-bueno quizá debamos andarlo también desde lo verdadero-bueno hasta Dios. Sólo así podemos comprender con radicalidad la afirmación de Chesterton que, me temo, se parece mucho más a un axioma que a una ocurrencia dialéctica.






