Esta web contiene cookies. Al navegar acepta su uso conforme a la legislación vigente Más Información
Sorry, your browser does not support inline SVG

ANÁLISIS DE CULTURA

Musicoterapia

Fotografía

Por Marta G. BrunoTiempo de lectura2 min
Cultura12-03-2014

Los primeros acordes de aquella canción le hacían olvidar por momentos los intensos dolores que sufría día sí, día también. La inconfundible sensación del vello erizado al escuchar su canción favorita aplacaba el torbellino de sensaciones negativas que inundaban su cuerpo y su mente. Más efectivo que el analgésico más potente, el sonido de la guitarra le hacía de morfina. Los expertos lo llaman musicoterapia. No cuesta dinero, es saludable, y tan solo requiere cerrar los ojos y volar con la mente. Era el remedio para esa persona al que el dolor le invadía por dentro, los recuerdos de un mal amor, de una pérdida personal, de tiempos pasados clavados en el corazón. Algunos no saben sentir la música, porque tienen una incapacidad sensorial o porque no prestan atención. Pero otros la han usado como forma de evasión, realización personal y retraso de lo inevitable. Así lo fue para una niña menuda con rizos inocentes que al cantar parecía que iba a derrumbarse su pequeño cuerpo. Una aparente debilidad como cascarón bajo el que aguardaba una asombrosa fortaleza de la que carecen tantos jóvenes hoy en día. Un ejemplo de lucha, un mártir de la pasión por vivir. Ella se llamaba Iraila, y nació con un micrófono bajo el brazo. Las fotos que se amontonan en su página de Facebook desprenden talento musical por todos sus poros casi desde que aprendió a andar. Y aunque la enfermedad más traicionera que existe en la actualidad quiso desafiarla hace cuatro años, ella la miró de reojo para encarar la vida aún con más fuerza si cabe. Es esa inocencia e ignorancia sana la que hace a los niños imbatibles ante el dolor. El miedo que con los años desarrollamos hace que echemos de menos aquellos años en los que los pasos se daban sin mirar atrás, sin reflexionar sobre las consecuencias. Y esa niña de rizos tenía todas las cualidades para llegar muy alto, hasta que nadie pudo evitar que esa bestia le cortara las alas. Fue la música su mayor analgésico. Su antídoto ante el dolor. La musicoterapia, lo llaman. Eso es ahora, porque el ritmo que acompaña toda nuestra vida lo hace desde los inicios del hombre, son los acordes que guían nuestros pasos. La banda sonora de Iraila es la que en los peores momentos nos acompaña. Aunque no nos demos cuenta.

Fotografía de Marta G. Bruno

Marta G. Bruno

Directora de Cultura de LaSemana.es

Licenciada en Periodismo

Estudio Ciencias Políticas

Trabajo en 13TV

Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press