ANÁLISIS DE CULTURA
Este año gana la moral

Por Marta G. Bruno
2 min
Cultura05-03-2014
Un buen amante del cine se prepara a conciencia antes de la gala de los Oscar. Como el que tiene un examen, apura las semanas para empacharse a películas, con opción de atragantarse con las palomitas o dedicarse de pleno a ver la película. Después construye su propia crítica y apunta sus quinielas. Cuando se cree el Armond White de la cartelera, llega la esperada noche, y se lleva el chasco. El croquis resulta todo lo contrario. Ni estafas ni delirios narcóticos. La gente está harta de hablar de excesos, el jurado también y por eso Estados Unidos ha querido dejar claro ante la humanidad que ha reconocido el sufrimiento que las personas de color sufrieron a lo largo la historia con el galardón a la mejor película. Como si el país quisiera hacer un borrón y cuenta nueva y saldar malas conciencias, premia con la categoría más codiciada a 12 años de esclavitud. La cinta de Steve McQueen, hombre negro y con ancestros que también sufrieron la esclavitud, refleja con la sensibilidad justa y necesaria el drama mundial más difícil de erradicar, pero no es la primera que trata de cerrar heridas, como algunas voces han asegurado: desde El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915), hasta Django desencadenado (Quentin Tarantino, 2012), pasando por novelas más ñoñas como La cabaña del tío Tom, los directores y escritores han querido retratar este episodio infame de una u otra manera. Si no es la primera vez, ¿dónde está la diferencia? bien es cierto que, si la de Tarantino lo refleja con un punto de humor a veces agradecido, la triunfadora de la 86 gala de los Oscar deja claro a través de llagas que el hombre puede ser inexplicablemente retorcido, hasta el punto de merecer el peor de los destinos esperados. Y eso merece un aplauso. ¿Por qué el resultado da un importante revés hacia lo que no se esperaba? ¿por qué La gran estafa americana y El lobo de Wall Street se han quedado en papel mojado? si bien la película de David O. Russell resulta un producto lento y demasiado evidente, del que sólo se salva el vestuario y la actuación de Amy Adams y Jennifer Lawrence; la segunda es hilarante pero no procede. Scorsese no tiene mucha química con la estatuilla, pero si habría que comparar sexo y drogas al límite con un drama tan serio como es el de la esclavitud, no hay dudas. Otro asunto es el de Leonardo Dicaprio, de condición gafe, y de vocación “eterno nominado”, y al que ya sólo le queda hacer acrobacias para llevarse algo. Lo mismo tiene que ponerse en manos de un Alfonso Cuarón que le haga surcar el espacio para entrarle a la Academia por los ojos, pero esa ya es otra historia.
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Marta G. Bruno
Directora de Cultura de LaSemana.es
Licenciada en Periodismo
Estudio Ciencias Políticas
Trabajo en 13TV
Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press






