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ANÁLISIS DE CULTURA

Demasiado pronto

Fotografía

Por Marta G. BrunoTiempo de lectura2 min
Cultura26-02-2014

Se reflejan los primeros rayos de sol en la ventana, esos que no son “de pega”, de los que calientan. Se oye bullicio en el exterior, la gente se aglutina en las terrazas, suenan carcajadas. Es el signo inconfundible de la llegada del verano. Pero hay algo que termina de completar ese círculo armónico del periodo estival tan deseado el resto del año. Y esos son los acordes de una guitarra, que en mi caso, relaciono con la sensación del bienestar de una playa andaluza, gaditana, de las mejores de España, que encierran al visitante en una burbuja de paz interior, amnesia temporal y aires renovados. Y es el sonido de Entre dos aguas el que mejor consigue esa desconexión inmediata, de viaje hacia las artes españolas que ningún otro país puede demostrar. Y si a alguien debemos que el flamenco, el arte jondo esté considerado el más genuino cante andaluz, de profundo sentimiento, es a él. Si en noviembre de 2010 la Unesco declaró al flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, uno de los que lo posibilitaron fue él, Paco de Lucía, como Morente, como Camarón. Embajadores de esta cultura fuera de nuestras fronteras. Y eso ahora, porque antes la guitarra clásica era el hermano feo que llevaba a Paco de lucía a tocar rápido para luchar contra la inseguridad y la rabia, entre cuevas y duelos de titanes del flamenco, la misma que "le comía el coco". Pero sin quererlo, ese genio de las seis cuerdas ha conseguido que millones de personas usen su música como terapia, como liberación, como descanso, como la mejor de las compañías. Sin flashes ni maquillaje, sin micrófonos ni discursos aprendidos y llenos de florituras. Él era tal como es, no fue al colegio porque prefirió dedicarse a la guitarra y huía de la peligrosa fama porque para eso no se hace la música. El talento tallado a base de muchas horas de rasgarse los dedos, de dejar el balón para otro momento, la hormiga que recoge para encontrarse años después con Wynton Marsalis en festivales de Jazz, con Al Di Meola o John McLaughlin. Y hace falta que sus aprendices reciban un empujoncito para acariciar la armonía sin caer en la monotonía del sonido chirriante y discotequero, que alguien les guíe por el buen camino para que toda España pueda disfrutar del cante jondo. Porque artistas buenos, haberlos haylos, pero están como escondidos debajo de las piedras porque la industria discográfica no se ha fijado en ellos o no quiere hacerles brillar. El fin de una era puede hacerles despertar y a ver si se llena la nevera de flamencos, como clamó ante toda España y delante de los príncipes de Asturias. Su ausencia preparaba un final que sin embargo ha resultado inesperado. Un adiós que deja el fantasma del artista que hace nada viajaba por todo el mundo repartiendo arte. El adiós del maestro deja huérfano al flamenco, a España, demasiado pronto.

Fotografía de Marta G. Bruno

Marta G. Bruno

Directora de Cultura de LaSemana.es

Licenciada en Periodismo

Estudio Ciencias Políticas

Trabajo en 13TV

Antes en Intereconomía TV, La Razón y Europa Press