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SIN CONCESIONES

El triunfo de la Ley

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura3 min
Opinión25-02-2014

Aún recuerdo aquella mañana de noviembre de 2001. Me desperté con una alocución atropellada de la radio. Esa voz nerviosa narraba a trompicones una explosión en Madrid. La banda terrorista ETA acababa de cometer un nuevo atentado en la capital. A los pocos minutos comenzaron a sonar sirenas de la Policía. Parecía extraño porque el coche bomba había estallado a varios kilómetros de mi casa. Por suerte, no había muertos pero sí más de 90 heridos. Los asesinos huyeron hasta el descampado en frente de mi habitación para abandonar el coche de evasión. Los agentes nos ordenaron bajar las persianas, salir a la calle y desalojaron la zona de inmediato. Aún recuerdo aquella mañana pero también muchas otras que todos albergamos como parte de nuestra historia colectiva con inmenso dolor. El atentado contra Irene Villa, el asesinato de Miguel Ángel Blanco, el secuestro de José Antonio Ortega Lara, el tiro en la nuca a Ernest Lluch... Han sido tantas décadas de crímenes que la reciente entrega de armas deja un sabor agridulce. Sabor agrio porque nos recuerda los casi mil muertos provocados por ETA en casi medio siglo de sangre, una media de 25 asesinados por año, un fallecido cada dos semanas... Pero también sabor dulce al percibir que la banda difícilmente volverá a atentar y que la violencia etarra ha desaparecido de una vez por todas de España. La farsa, el teatro y la escenografía de ETA y los verificadores no evita cierta alegría. La imagen de los encapuchados con los mediadores es tan ridícula que rápidamente han surgido chistes, mofas y parodias del desarme que no es tal. Sin embargo, por encima de la desconfianza hay un mensaje más importante: los terroristas están derrotados y claudican ante el imperio de la ley. No hace falta criticar la farsa de la verificación porque muchos lo han hecho ya antes incluso de que los protagonistas llegaran a España. Pero hay otra lectura que pocos reconocen. La entrega de armas, aunque solo sea cinco pistolas, es la imagen del triunfo policial y del éxito de la política antiterrorista basada en el Estado de Derecho. Los etarras renunciaron a la violencia en octubre de 2011 porque aprendieron que nada podían conseguir por esa vía y que cada crimen desacreditaba aún más sus reivindicaciones. Sin la persistencia de la Guardia Civil y de la Policía Nacional nada de esto habría llegado. Sin las detenciones paulatinas pero constantes de las Fuerzas de Seguridad la banda no se habría rendido. Tampoco sin la unidad política que durante cuatro años permitió el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. La botella puede verse medio vacía o medio llena. Yo suelo preferir el optimismo porque es un motor que mueve el mundo. Pero en este caso es aún más oportuno porque ETA está derrotada, asfixiada, moribunda, descompuesta, deshilachada, sin rumbo ni destino. Está muerta hace tiempo y solo falta celebrar su funeral. En los 17 años transcurridos desde que nació LaSemana.es hemos narrado los entierros del magistrado Rafael Martínez Emperador, el político Manuel Giménez Abad, el periodista José Luis López de Lacalle, el concejal Alberto Jiménez Becerril y su esposa Ascensión García Ortiz, el policía Luis Andrés Samperio y otros muchos. Nunca más viviremos aquellos días de lágrimas y desconsuelo. El paripé de los verificadores causa frustración en las víctimas y hastío entre los demócratas. Pero en el mundo de ETA es el mayor ridículo de su historia. Es el gesto de la rendición que siempre rechazaron y que ahora se ha hecho realidad. Aunque parezca otra burla de los terroristas, es un éxito de la democracia. Cada vez falta menos para el final total de ETA sin que haya conseguido el objetivo que buscaba.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito