IMPRESIONES
‘1984’: 30 años después

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión19-02-2014
La primera vez que leí 1984 de George Orwell venía sobrecogido por la experiencia de enfrentarme a Un mundo feliz de Aldous Huxley. Empezaba a descubrir un subgénero literario que algunos llaman distopía y que es, quizá, una de las innovaciones literarias más significativas de la Postmodernidad, ya que es una reacción a los planteamientos utópicos que en Política y Economía han generado los sistemas sociales más deshumanizados que conoce la historia. A esas dos lecturas siguieron otras: Fahrenheit 451 (de Ray Bradbury) El fin del mundo, Mercaderes del espacio… y luego otras, que anticipaban el género, aunque su denuncia no era todavía sistémica, sino puntual, como la denuncia de los excesos de la ciencia presente en el Frankenstein de Mary Shelley. [Nota al margen: la calidad de las obras reseñadas es muy desigual. Mira discretamente cuándo la obra va acompaña de su autor. Esas son las que puedo recomendarte con la seguridad de que no van a defraudarte]. Hay muchas razones para sobrecogernos con todas esas lecturas. La capacidad que tuvieron para anticiparse a su tiempo es la más aplaudida, pero no la más importante. El conocimiento del ser humano, de sus deseos más terribles y de los recursos que tiene para liberar su alma, es mucho más relevante. Pero lo más sobrecogedor de todo, lo más importante, lo más urgente y apremiante cuando repaso las inspiradas páginas de Orwell, Huxley, Bradbury y Shelley es que el tiempo, los sistemas y los criterios que ellos denuncian siguen hoy tan vigentes (o más) que entonces. 1984 es todavía hoy un manual para comprender los procesos de manipulación política, familiar, social, educativa y mediática a la que nuestros jefes, políticos y medios de comunicación, la mayor parte de las veces de forma inconsciente, nos tienen sometidos. Es un sometimiento inconsciente –como ocurre en muchos mandos intermedios en esa novela y en la de Huxley– porque es la misma Cultura la que está envenenada. Sin embargo, los modos y las apariencias del actual totalitarismo invisible se parecen más a los predichos por Huxley. Orwell se encargo de que su editorial mandara un ejemplar de su nuevo libro (publicado en 1948) a Huxley, quien escribió su distopía algunos años antes (1932). Y Huxley respondió con una carta a Orwell explicándole las razones por las que creía que las formas futuras de dominio no pasarían por “pisar la cabeza” al obrero –cosa demasiado grosera– sino por otras formas de sadismo mucho más sutiles, con apariencia de caricia y buenismo. De esas formas de sadismo escribía yo hace un par de semanas en Cómo acabar con el ser humano. Orwell acertó con la manipulación de la historia, la cultura y el lenguaje. Ambos acertaron con la manipulación del sexo y la disolución de la familia. Huxley acertó con el soma y el bienestar: como si fuéramos Truman, encerrados en un gigantesco plató, asumimos que nos manipulan y controlan por nuestro bien. Y así lo aceptamos. Siempre que lleguemos a fin de mes, claro.






