IMPRESIONES
La igualdad, contra lo humano

Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión17-10-2013
Así de radical se muestra Gabriel Marcel cuando reflexiona sobre el manoseado tema de la igualdad entre las personas. Es sólo una de las muchas reflexiones fundamentales sobre nuestro tiempo que repasa en su autobiografía intelectual En camino ¿hacia qué despertar? que he devorado estos días. No es un libro fácil y apenas interesará a los no iniciados. Tampoco a los católicos convencidos a los que Francisco pone nerviosos, porque la fe de Marcel, muy dramática y hermosa, no es precisamente de manual. El caso es que a él debemos algunas críticas y conceptos claves que necesita la filosofía de nuestro siglo. Hoy solo quiero compartir contigo esta idea: la palabra igualdad y el mapa conceptual que invoca, se opone radicalmente a la constelación de sentido que arroja la palabra fraternidad. Debemos decir, honestamente, que la virulencia del filósofo francés tiene mucho que ver con el uso ideológico de la palabra igualdad. Todas las ideologías contienen tres características que repugnan sobremanera a la sensibilidad de Marcel: son simplificaciones, son abstracciones que ignoran la experiencia, y son recurso para dividir y enfrentar a los hombres entre “los nuestros” (buenos) y “los malos” (o tontos, o rojos, o fachas o judíos, o negros, o blancos…) Para Marcel, las ideologías envilecen a las personas y, por lo tanto, los conceptos que se dejan atrapar con ellas se tornan sospechosos. No obstante, Marcel subraya algunas razones objetivas para oponer los conceptos de igualdad y fraternidad y apostar por el segundo. La primera es que la igualdad es una expresión propia del lenguaje matemático, ajustada a la realidad de las cantidades, no de los sujetos personales. En rigor –y en esto, toda persona cuerda deberá estar con él- no existen dos personas iguales. Desde el punto de vista conceptual, además, la expresión es contradictoria, porque lo propio de ser persona es ser único e irrepetible. La segunda razón proviene de un análisis más psicológico y profundo. Dice Marcel que la afirmación latente en la idea de igualdad es la de “Yo soy igual que tú”. Y esa afirmación le parece, en primer lugar, egocéntrica y, en segundo lugar, una reivindicación hija del resentimiento. Sin embargo, la idea implícita en la noción de fraternidad es la de “Tú eres mi hermano”. Esta segunda afirmación no es egocéntrica sino des-centrada o abierta al otro, y más que una reivindicación (más o menos resentida) del Yo es un reconocimiento (asombroso) de la dignidad inalienable del Tú. Todavía cabría mencionar una tercera razón y es la consecuencia práctica –personal y social- que se deriva de tratar al otro como a un igual o tratarlo como a un hermano. En el primer caso, dado que la igualdad no se puede lograr por elevación, ha de hacerse por rebajamiento. La lucha por la igualdad -y nuestro tiempo ha tenido años para verificar el pronóstico de Marcel- impone mediocridad. Supone tal encumbramiento del yo y tantas mutilaciones del valor diferencial de cada hombre que, según Marcel, la defensa de la igualdad, en última instancia, desemboca en la muerte del hombre. En el segundo caso, el reconocimiento de la fraternidad entre nosotros no puede sino alentar reconocimientos aún más específicos, aquellos sobre lo que nos hace únicos a cada uno de nosotros y, por lo tanto, los que nos permiten dar lo mejor de nosotros mismos y recibir lo mejor de nuestros hermanos. Me pregunto cómo habrían sido los últimos 40 años si en nuestras legislaciones nos hubiéramos reconocido más como hermanos que como iguales.






