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IMPRESIONES

La boda: ¿final feliz?

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura3 min
Opinión01-08-2013

La pretensión del ser humano, su vocación, el dibujo que es capaz de trazar de su felicidad posible, es un ejercicio de imaginación a partir de las posibilidades que le ofrece su circunstancia. Forman parte de su circunstancia sus dones y capacidades personales. También debe contar con los recursos que le ofrece su entorno: otras personas, estudios, trabajo, dinero, coyuntura económica y social… Por último, resulta decisivo el repertorio de de vocaciones disponibles en su entorno histórico y social concreto. Por ejemplo: en el siglo XXI uno no puede tener, en sentido estricto, vocación de escudero; y en el siglo XI nadie soñaba con fusionar la gastronomía española con la japonesa. Esta es la razón por la que Julián Marías -siguiendo a su maestro Ortega- considera que cada persona es novelista de sí misma y que vivir es faena poética. Queda por ver si cada uno, al construir nuestra vida, somos originales o plagiadores. Surge entonces la cuestión subjetiva de la autenticidad y, de un modo mucho más riguroso y hondo, la lucha entre la alienación y la realización personal. Es decir: el logro o el fracaso en la dramática tarea de armonizar nuestra personalidad única e irrepetible en el seno de las posibilidades efectivas de realización que nos ofrece nuestra circunstancia. El papel que juegan los relatos, las novelas, los mitos, las parábolas, los dramas y las historias de cada época es, en este sentido fundamental. Son “el instrumento más poderoso de paideia [educación por vía de convivencia social] que el hombre ha conocido” (Marías). Precisamente por eso se cuestiona Marías, a lo largo de su obra, el peso que la literatura sobre el amor romántico ha tenido en las expectativas del hombre moderno respecto del matrimonio. Durante los dos últimos siglos hemos construido historias en las que la boda es símbolo de un final feliz. “Final” y “feliz” son precisamente los dos aspectos más problemáticos del modo en el que los hombres de los dos últimos siglos enfrentan la cuestión del matrimonio. Por no hablar del peso que ese imaginario ha tenido en la pretensión de los homosexuales de identificar su felicidad con la posibilidad socialmente efectiva de contraer matrimonio. Sobre todo esto habría mucho que escribir. Yo sólo quiero apuntar alguna cuestión sobre esos vocablos problemáticos: “final” y “feliz”. La primera es que una boda, más que un final, es un principio. Aunque es legítimo entenderla como logro, lo cierto es que el logro no es tanto el casarse como el inaugurar una trayectoria vital ilusionante que incluye a dos personas en un solo proyecto y que está aún por construir. El logro, por lo tanto, no termina con casarse, sino con estar en disposición de afrontar el reto más difícil e ilusionante al que podemos consagrarnos: convertir nuestra vida en un proyecto compartido que convierte nuestro proyecto en el de otro y, el de otro, en el nuestro. Los más adelantados en el mundo del cine ya han visto esto, y resulta cinematográfica e históricamente muy sugerente que algunas películas no terminen, sino que empiecen con una boda. La segunda cuestión tiene que ver con la felicidad. Al identificar el “final feliz” con el logro de un estado, tendemos a cosificar la felicidad, olvidando su carácter dramático. La felicidad humana –como todo lo humano- supone lo estático… pero entendido dinámicamente, en su dimensión futuriza, de realización posible, de ya sí, pero todavía no. Cuando el matrimonio no es proyección, sino solo consecución, matamos toda su creatividad y vida interna, y creo que ahí reside una de las razones fundamentales de su fracaso. Llega el verano. ¿Lo enfrentamos como un estado de mero descanso o como un proyecto, donde el descanso es sólo un ingrediente más? Lo hablamos a la vuelta.

Fotografía de Álvaro Abellán

$red

Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach