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IMPRESIONES

El rey, la mujer y el vino

Fotografía

Por Álvaro AbellánTiempo de lectura2 min
Opinión06-06-2013

Una pandilla de universitarios medievales preguntó una vez al maestro Tomás de Aquino, en un encuentro informal, qué es “lo que tiene más fuerza” sobre el hombre: si la verdad, el vino, el rey o la mujer. Unos decían que el vino, pues su ingesta cambia máximamente al hombre. Otros, que el rey, porque mueve la voluntad de los hombres a lo más difícil: dar la vida por la patria. Otros, finalmente, decían que la mujer, pues éstas es capaz de dominar también al rey. La respuesta de Tomás fue metodológica y filosóficamente intachable. Esos cuatro elementos, considerados en sí mismos, no se pueden comparar entre sí, porque no pertenecen al mismo género. Es decir: podemos comparar el blanco y el negro, porque ambos son colores; pero no podemos comparar el rojo con las peras o el café con las piedras. La única forma de comparar la verdad, el rey, la mujer y el vino, apuntó, es compararlos por el efecto que los cuatro tienen sobre una misma realidad: el corazón humano. Ahora bien, en el corazón humano conviven lo corporal, lo sensorial, lo volitivo y lo intelectual. Así, el vino es lo que más afecta al cuerpo del hombre, pues le hace “hablar por los codos”. En lo sensorial, lo agradable es lo que más mueve al corazón, y nada hay más irresistiblemente agradable que la mujer. En el orden de la voluntad y del hacer, la máxima potestad pertenece al rey. Finalmente, en el ámbito intelectual, “lo sumo y potentísimo es la verdad”. Y como el cuerpo ha de someterse a las sensaciones, las sensaciones han de someterse a la voluntad y la voluntad ha de someterse a la inteligencia, resulta que “absolutamente hablando, la verdad es lo más digno, lo más excelente y lo más fuerte”. Este razonamiento, decía, es impecable. Y además estoy convencido de que es verdadero. Para captarlo en su hondura, sin embargo, debemos comprender que por “verdad” el Aquinate entiende un valor absoluto del que la inteligencia (el hombre) no puede abstraerse, aunque quisiera. Por ejemplo: un alumno podría decirle a Tomas: “Ya, eso que dices está muy bien, pero mi padre se cree todo lo que le dice mi madre, aunque sea mentira; y, por lo tanto, a mi padre le gobierna la mujer, no la verdad”. A lo que Tomás respondería: “Entonces, lo que me quieres decir, es que a tu padre le gobierna la verdad de que se deja conducir por su mujer, aun cuando ésta le mienta”. ¿A dónde nos conduce todo esto? Pues al reconocimiento sencillo de que la verdad es la verdad, y de que ésta se impone por sí sola, a pesar de nosotros, de los reyes, de las mujeres y del vino.

Fotografía de Álvaro Abellán

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Doctor en Humanidades y CC. Sociales

Profesor en la UFV

DialogicalCreativity

Plumilla, fotero, coach