IMPRESIONES
¿Qué “ciudadela” queremos construir?
Por Álvaro Abellán
3 min
Opinión17-01-2013
Leo en Ciudadela, de Antoine de Saint-Exupery (sí, el autor de El Principito) tres frases de esas que resuenan. La primera: “Sueño con el cambio que no es posible cuando nada de lo estable permanece a través de las generaciones”. La segunda: al cambiar sus tradiciones y perder el uso de las palabras que no les son útiles “los hombres dilapidan su bien más precioso: el sentido de las cosas”. La tercera: “Una civilización se asienta sobre lo que se exige de los hombres, no sobre lo que se les suministra… y es justo que se reciba al mismo tiempo que se da, pero si recibir permite a la carne rehacerse, es el dar sólo el que alimenta el corazón”. Merece la pena repetirlas, escucharlas despacio y dentro de nosotros, en silencio. “Sueño con el cambio que no es posible cuando nada de lo estable permanece a través de las generaciones”. Esta afirmación, este deseo del corazón de todo hombre, así formulado, resuelve de un plumazo el falso dilema entre permanencia y cambio, entre conservadores y progresistas, entre apolíneos y dionisiacos. Enfoca la cuestión como merece: está lo que debe cambiar. Y está lo que no debe cambiar para que cambie lo que debe cambiar. Saber discernir esto es clave para prevenir las crisis y para no salir en falso de ellas. Es clave, también, en el diálogo intergeneracional, en esa sana tensión entre tradición y modernidad. Al cambiar tradiciones y abandonar las palabras que no les son útiles “los hombres dilapidan su bien más precioso: el sentido de las cosas”. Una experiencia que me ocurre con algunos alumnos y colegas investigadores es que buscan palabras nuevas para explicar realidades antiguas; o que usan palabras viejas ignorando su tradición. Al hacerlo, a muchos nos cuesta entenderles; y a ellos les cuesta explicarse. No explicarse a los demás: explicarse a sí mismos. Porque usan un lenguaje vacío e inerte. Porque en sus palabras ya no vibran siglos de sentido, sino segundos de una pronunciación aislada, plana, suelta, al margen de la sinfonía del lenguaje que conforma la cultura en la que respiramos toda la vida del espíritu. Aquella vieja costumbre, pesada y diligente, como de abeja obrera, de acudir al diccionario de la RAE, cuando no al etimológico, mantenía unidos los siglos en cada familia. Desconocemos la gravedad de perder esa costumbre: “Los hombres pierden lo esencial e ignoran que lo han perdido”, insiste Saint-Exupery. “Una civilización se asienta sobre lo que se exige de los hombres, no sobre lo que se les suministra… y es justo que se reciba al mismo tiempo que se da, pero si recibir permite a la carne rehacerse, es el dar sólo el que alimenta el corazón”. Esta es otra gran verdad que nuestro tiempo ha invertido de signo. Nos valoramos a nosotros mismos por lo que recibimos, y eso engorda nuestras carnes y atrofia nuestro corazón. Sin embargo, insiste Saint-Exupery: “Fuerza a los hombres a construir una torre y los transformarás en hermanos; pero si quieres que se odien, limítate a darles un poco de grano”. Saint-Exupery preparaba en Ciudadela (publicada tras su muerte) su legado espiritual. Nos dejó los secretos de la vida que había descubierto como narrador, aventurero y piloto. Escribía esto cuando Europa atravesaba el que parecía su peor momento de la Historia (I y II Guerra Mundial). ¿Nos servirán sus consejos en esta nueva (o quizá no tan nueva) crisis europea?






