Esta web contiene cookies. Al navegar acepta su uso conforme a la legislación vigente Más Información
Sorry, your browser does not support inline SVG

SIN CONCESIONES

Del éxtasis al sufrimiento

Fotografía

Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura4 min
Opinión20-11-2012

Faltaban pocos minutos para las once de la noche. El hombre de barba canosa y pelo castaño salió al balcón. Apareció solo. El clamor de la multitud que aguardaba en la calle retumbó en toda España a través de los televisores. Aquello equivalía a la coronación de un monarca. No hay victoria y no hay gloria hasta que las masas aclaman al triunfador. Sin embargo, el protagonista de la gesta contenía la sonrisa. Escondía la felicidad e irradiaba cierto temor. Sabía que la verdadera batalla comenzaba al día siguiente. "Es un día para estar muy contentos pero yo mañana por la mañana estaré aquí trabajando", prometió ante los correligionarios. "La tarea que tenemos por delante no va a ser fácil. Vienen tiempos difíciles". Pocos escucharon la advertencia. El éxtasis de la victoria actuaba como bozal ante cualquier palabra de prudencia y responsabilidad. "Ya veo que estáis muy satisfechos y muy contentos. Es muy legítimo", replicaba con cierta distancia a los gritos de celebración. En su interior, albergaba un miedo inusual en el esplendor. Sabía que la alegría acabaría esa misma noche. A su lado, los colaboradores habituales saltaban victoriosos ingenuos a la inminente realidad. Esta escena ocurrió hace un año. El hombre de barba canosa y pelo teñido es ahora el presidente del Gobierno. Aquella noche huyó de las celebraciones porque creía que había poco que festejar. Mariano Rajoy es poco o nada extrovertido, reacio a expresar las emociones, enormemente pragmático, comedido, excesivamente prudente y con un sentimiento exagerado de la responsabilidad. Cuando salió al balcón de la sede del Partido Popular, en absoluto se comportó como el político que acaba de ganar las elecciones por amplia mayoría absoluta. Su cabeza no estaba en la calle Génova, sino en La Moncloa. Apenas besó con timidez a su esposa Elvira, posiblemente todavía más comedida que él, y únicamente desplegó su sonrisa cuando los simpatizantes pidieron a ambos que botaran sobre el escenario. Minutos antes, Rajoy había lanzado por televisión un mensaje de prudencia y realismo a todos los españoles: "La legítima satisfacción que nos embarga por la victoria no nos impide dejar de pensar ni por un instante en la inmensa tarea que tenemos que afrontar y en la necesidad de abordarla cuanto antes". Tenía prisa por empezar. Rajoy era consciente de la grave situación económica que atravesaba España cuando ganó las generales. Aseguró que sus únicos enemigos en esta legislatura serían "el paro, el déficit, la deuda excesiva y el estancamiento económico". Cierto es. Gasta pocas energías en responder a los ataques de la oposición y ni siquiera ha desplegado una gran estrategia para frenar el ansia independentista de Artur Mas en Cataluña. Su prioridad es la economía. Tal es su preocupación que sus más estrechos colaboradores aseguran que está obsesionado con las cuentas del Estado. Sólo piensa en la reducción del déficit, la prima de riesgo, la escasez de crédito y la creación de empleo. Lo demás le importa poco. Considera que de la economía depende todo lo demás. Está convencido de que, si la caldera del país se enciende, la locomotora comenzará a andar y nada podrá pararla. Pero hasta ahora no. Rajoy imaginó en el balcón de Génova un futuro inmediato complicado pero imaginó que al cabo de un año dejaría de destruirse empleo y alcanzaría un punto de inflexión. Sin embargo, encontró en La Moncloa una herencia mucho peor a la anunciada, con un déficit inasumible, con facturas sin pagar en los cajones de todas las administraciones y con un entramado institucional concebido desde el despilfarro. Un año después, el paro sigue creciendo, muchas duplicidades persisten, las carencias sociales se multiplican, no hay signo de alejamiento de la crisis y varios ministros están quemados. A esto se refería Rajoy cuando la noche del 20 de noviembre de 2011 reconocía que le tocaba gobernar "en la más delicada coyuntura" de la historia de España. Entonces le tacharon de agorero. Su única receta al principio pasaba por la austeridad, pero prontó entendió que el agujero era demasiado grande para solucionarse desde el ahorro. Las reformas emprendidas superan el centenar, y las que quedan... Este primer año se ha centrado en ordenar la casa pero aún hay mucho que limpiar. Ha asumido que la crisis será más larga de lo que pronosticó inicialmente. Su meta es salir definitivamente de la recesión en 2013 y crecer en 2014. Lo necesita el país y lo necesita su propio partido si quiere afrontar con mínimas garantías las elecciones municipales, autonómicas y generales de 2015. Ahora que llega el primer aniversario del triunfo en las urnas, tampoco hay celebraciones. No hay nada que festejar todavía. El PP recuerda con nostalgia la noche en la que obtuvo la mayor victoria de su historia. Y poco más. La memoria olvidó hace tiempo el éxtasis de aquel 20 de noviembre. "En momentos así se mide el temple de los hombres", sentenció el político de paciencia ilimitada hasta acariciar la pachorra. Ese mismo temple que mostró en el balcón le ha servido para superar las adversidades y le hará falta para esquivar las futuras. La alegría duró apenas segundos.

Fotografía de Pablo A. Iglesias

Pablo A. Iglesias

Fundador de LaSemana.es

Doctor en Periodismo

Director de Información y Contenidos en Servimedia

Profesor de Redacción Periodística de la UFV

Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito