SIN CONCESIONES
La casa o la vida

Por Pablo A. Iglesias
3 min
Opinión13-11-2012
Algo muy grave ocurre cuando una persona se quita la vida. Un vacío insoportable agujerea el corazón cuando el suicidio se percibe como el único saneamiento a los males. El dolor traspasa las membranas de los órganos y se cuela como una corriente de viento frío por los rincones del esqueleto cuando la muerte, siempre cruel y despiadada, se transforma en un deseo con el que apaciguar los lamentos. Nadie puede entender el sufrimiento extremo que alberga el ser humano cuando camina tembloroso por el umbral del abandono y la rendición. La razón no alcanza a imaginar esa tristeza interior. La imaginación resulta inútil para tales extremos. La desesperación antes de abrazar la muerte sólo la conocen quienes nunca tuvieron la fortaleza suficiente para frenar sus impulsos inmoladores. Morir nunca merece la pena, salvo por salvar otra vida. La Historia está repleta de héroes y de santos que entregaron su existencia por alargar los dones de otros. El suicidio carece de sentido alguno, incluso cuando se concibe como reivindicación. Alejandro Amenábar convirtió el suicidio de un tetrapléjico en un falso signo de heroismo que la sociedad española aplaudió y que el entonces Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero aprovechó para alentar el debate sobre la eutanasia. Aducían en aquel momento y sostienen aún ahora los defensores de la mal llamada muerte digna que hay instantes en los que la vida pierde sentido y es mejor morir para dejar de sufrir. Supongo que este mismo planteamiento es el que ha empujado en el último mes a que un hombre de Granada y una mujer de Vizcaya se suicidaran justo antes de que el banco les quitara su casa. Ante el máximo dolor, no merece la pena vivir. Aunque las situaciones nada tengan que ver, el razonamiento es el mismo y el deseo de poner fin al sufrimiento conduce a la misma decisión. Es entonces, en el borde de la propia destrucción, cuando una pregunta surge como última advertencia en la conciencia: ¿merece la pena morir? Cuando creemos que vivir no tiene sentido deberíamos pararnos a pensar si lo tiene dejar de vivir. Porque sufrir un desahucio es un drama, una injusticia social y una humillación. Pero morir es el mayor drama posible, una injusticia imposible de compensar y una humillación sin remedio ni vuelta atrás. Puede que la muerte esfume el sufrimiento propio, pero multiplica por mil el sufrimiento ajeno: el de los familiares, amigos, vecinos, etc. ¿Quién palia ese sufrimiento? Cada día hay miles de personas que nos enseñan que la alegría y el optimismo es más una actitud que un sentimiento. Los pobres del Tercer Mundo son felices en su miseria. Muchos enfermos son dichosos en su lenta travesía al más allá. Hasta un hombre postrado en una cama puede hallar la felicidad, como nos ha recordado recientemente la película Intocable, basada en un caso real. Esa es la lección que debemos aprender en el mundo y enseñar a los demás para que nadie sienta otra vez el vacío en las entrañas. Todo tiene solución en la vida, salvo la muerte. Lo saben quienes afrontan las adversidades como oportunidades y los fracasos como un valioso aprendizaje. No necesitamos una cultura de muerte que alimente el derrotismo, la claudicación y el suicidio. Necesitamos un espíritu constructivo y de superación que sepa regar los corazones de entusiasmo. Necesitamos sonrisas que contagiar a los demás. Necesitamos alientos para gozar de los pequeños detalles de la vida, esos a los que cerramos los ojos cuando el agobio y la adversidad nos atormentan. Vivir es un tesoro en sí mismo que no pierde valor cuando lo pierden el resto de nuestras posesiones. El desahucio es un fracaso material, pero el suicidio es el fracaso de una sociedad entera.
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Pablo A. Iglesias
Fundador de LaSemana.es
Doctor en Periodismo
Director de Información y Contenidos en Servimedia
Profesor de Redacción Periodística de la UFV
Colaborador de Cadena Cope en La Tarde con Ángel Expósito






