IMPRESIONES
Suicidas

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión12-11-2012
Tres casos seguidos de suicidio por desahucio”, he leído en varios sitios. Convendría revisar esa relación causa-efecto que los medios de comunicación han comprado con demasiada facilidad. No podemos comprar así, sin más, que la respuesta lógica y razonable cuando te quedas sin casa es tirarte por la ventana. El suicido es, dicen los especialistas, fruto de una constelación de causas, entre las que el desahucio tal vez pueda ser el detonante. Es importante no simplificar en estas cosas, por varias razones. La primera, porque ya imagino a muchos gritando “¡Asesinos!” a los bancos o al Gobierno de turno, alimentando un odio absurdo e irracional que no sólo no sana o arregla nada, sino que ahonda en el victimismo y la frustración que, profundamente instalados en el corazón de muchas personas, pone los pilares fundamentales para una actitud suicida. La segunda, porque el suicidio es ya una de las causas de muerte más importantes de nuestro país, y merece una consideración atenta, no simplista. Hace 30 años, España vivía seis suicidios por cada 100.000 habitantes. Hoy está en 11, muy cerca de la media europea (14). En 2010, el suicidio ha sido la primera causa de muerte de los españoles entre 15 y 29 años. El 30 por ciento de las muertes entre nuestros universitarios se deben al suicidio. 3.429 personas se quitaron la vida en España en 2009, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Tradicionalmente, los medios de comunicación evitaban hablar públicamente de suicidios por temor al “efecto llamada”. Hoy, muchos especialistas consideran que la concienciación que se puede hacer hablando públicamente de este tema salvaría muchas más vidas de las que tentaría hacia el suicido. Viktor Frankl, fundador de la Logoterapia, increpaba a sus pacientes: “Usted, ¿por qué no se suicida?”. La pregunta tiene un efecto sanador, porque el paciente busca aquello que le mantiene unido al mundo (que da sentido a su vida) y sólo desde ahí será capaz de rearmar su vida. Cada suicidio es, en primer lugar, un misterio. Puede ser una enfermedad del alma. Pueden pesar mucho los factores ambientales. Ninguna de esas dos cosas es fácil de controlar por nosotros. Pero hay una tercera variable que sí está en nuestra mano: vivir desde una estructura de esperanza y a la luz de un sentido. “Cuando existe la esperanza, todos los problemas son relativos”. Quizá nuestros jóvenes se suicidan más que antes porque la oferta de sentido que proporciona el mundo que les dejamos o no les satisface o les parece inalcanzable. Y en eso, más que en nombrar o no la palabra tabú, o en buscar chivos expiatorios, si que tienen mucha tarea por delante las personas con responsabilidades públicas y quienes trabajamos en los medios de comunicación.






