ROJO SOBRE GRIS
Rebelión, pero en el aula

Por Amalia Casado
2 min
Opinión19-02-2012
En la casa de mi abuela había una cocina de carbón. La cocina era pequeña, como pequeña era la casa: dos habitaciones, una salita y un baño veneciano para una familia con cuatro hijos. La carbonera era para mí un lugar mágico. Era una especie de arcón con una tapa abatible pintado de verde claro, con una altura de unos 90 centímetros. Dentro se guardaba el gran saco con aquellos mendrugos de negrura que tiznaba, y que brillaban según les daba la luz. Yo creía que los diamantes salían de allí, o de pedazos de naturaleza como aquellos. No entendía muy bien por qué se utilizaban para calentar en lugar de convertirlos en piedras preciosas. Siempre que podía, me acercaba a la carbonera, levantaba la tapa, y revolvía entre las piezas, como si haciendo aquello pudiera quizás aparecer entre mis dedos el pequeño diamante que soñaba encontrar. Fue hace sólo dos o tres años cuando supe que mi padre estudiaba allí, sobre la carbonera. Aquel lugar en el que yo pensaba encontrar un diamante fue la forja de un tesoro, de una piedra preciosa: mi padre. La carbonera fue la mesa donde hacía los deberes al volver del colegio, donde estudiaba la historia universal, la de España, los ríos, los mares, los países y sus capitales, la biología, la historia sagrada, la física, la química, las matemáticas, la lengua… Sobre una carbonera, con una pluma, un tintero, un cuaderno y un único libro por asignatura. Cuando se hizo mayor, y fue a la Universidad, él mismo se hacía los cuadernos –moleskines de verdad- para ahorrar. En su clase eran más de 40 alumnos. Durante toda mi vida escolar, en la mía, también. En los cajones de la casa de mi abuela había pocas cosas, pero entre ellas estaban cuidadosamente guardados los cuadernos del colegio y los libros: ordenados, limpios, perfectos. Los cuadros que colgaban de las paredes eran los diplomas de honor de mi padre y de mi tío. Estudiaban mucho: estudiaban más que yo cuarenta años después con muchos más medios al alcance de los alumnos, profesores e instituciones educativas. Así que, cuando leo que alumnos y profesores de institutos protestan por lo que me atrevería a decir que mal llamados “recortes en educación”, me pregunto si no será que se nos ha acabado el amor de tanto mirarnos; si quizás necesitamos esta crisis para volver a recordar que la educación no depende tanto ni primero de los medios, sino de que alguien quiera -con pasión- buscar y aprender; y de que alguien quiera -con vocación- enseñar y educar. Sí; rojo sobre gris a la crisis: tiempo de vocación, de nortes, de “álguienes”. Bienvenida sea la rebelión, pero no en la calle, sino en el aula, sobre la mesa, y en la casa: al calor de una humilde y sencilla carbonera, forja de diamantes, forja de futuro, forja de esperanza. Oportunidad para centrarse; oportunidad de lo importante.
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Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






