ROJO SOBRE GRIS
Otro día igual

Por Amalia Casado
3 min
Opinión22-11-2010
Como si fuesen un día eterno que no acaba. Así se pasan las semanas, y ya estamos a las puertas de la Navidad, que es casi como decir que estamos en verano de nuevo. “Guarda el orden, y el orden te guardará a ti”, me dijo alguien una vez, cuando yo no encontraba nunca nada porque cada vez lo dejaba en un sitio. Pero cuando la vida se ordena también transcurre como más rápida y anodina, a pesar de que puede estar sobreabundante de sorpresas, imprevistos, tensiones y quehaceres. Que se pare. A veces quiero que todo se pare un momento, poder pensar y disfrutar sin que los plazos me persigan, sin que pasen las horas y los días y los años. Que los Reyes Magos tarden tanto en llegar como cuando era pequeña. Es atosigadora la sensación de que el tiempo es compañero de la vida y va marcando con un cronómetro el tiempo que te queda. ¿Qué he hecho?, me pregunto, ¿algo grande? ¿Algo bueno? ¿Algo bello? ¿Acaso el cada día sin nada que destacar puede considerarse una vida llena, plena, vivida realmente? Y, sin embargo, así es: un presente continuo, un día eterno que no acaba y que parece siempre ser igual y sin sentido. Nazaret. Treinta años de silencio: silencio de milagros, silencio de predicación, silencio de cosas grandes y extraordinarias. Nos lo hacía notar un sacerdote durante unos ejercicios espirituales: si aquel llamado Jesús era Dios, ¿cómo se sentiría aquel hombre, si estaba destinado a salvarnos de la muerte, recluido en un pequeño pueblo de nada, en un presente continuo estéril y anodino de nada más y nada menos que 30 años uno tras otro? ¿De qué valieron 30 años de Nazaret, como el hijo del carpintero, trabajando para comer, como uno más? ¿Acaso podía considerarse aquella vida plena, llena, vivida realmente? “Sin embargo”, nos decía, “ese vivir lo cotidiano unido a Dios tiene un valor infinito porque no son las palabras y los hechos lo que nos salvan, sino las palabras y las obras de éste hombre desde su Encarnación. Y también nuestra vida es así: nuestro Nazaret, unido al de Cristo, vale infinito; todo amor -correspondido, nada correspondido o correspondido a medias- vale la infinito, no por el sentido que yo le logre dar, sino porque así vivió Cristo y, sin yo saber cómo, ese amor está cayendo en la Historia”. Como dice de muchas maneras Benedicto XVI, tantas cosas aparentemente insignificantes para el mundo son decisivas a los ojos de Dios. Ya siento hablar otra vez de Dios, pero qué le voy a hacer si cuando necesito razones verdaderas, que no se acaben mañana o pasado y que vayan a la raíz de mis incertidumbres, acabo llegando ahí. Las consecuencias de la rutina se pueden y deben combatir: ¿pero es que, acaso no es la rutina también una consecuencia de asumir responsabilidades y de tomarse la vida en serio? ¿Y no es cierto que a veces combatimos su dureza mediante la evasión y la huída en lugar de ir a su raíz? Y la raíz es que sólo merece la pena el esfuerzo de hacer de lo ordinario algo extraordinario si tiene verdaderamente un sentido profundo, algo infinitamente valioso que supere los límites del espacio y del tiempo, que no acabe con la muerte y que un día lo pueda ver y disfrutar. Hacer eso está fuera completamente de todas mis posibilidades. O ese valor infinito lo pone Dios, o mejor huir. Rojo sobre gris a otro día igual.
Seguir a @AmaliaCasado

Amalia Casado
Licenciada en CC. Políticas y Periodismo
Máster en Filosofía y Humanidades
Buscadora de #cosasbonitasquecambianelmundo






