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ROJO SOBRE GRIS

Pobre y libre

Fotografía

Por Amalia CasadoTiempo de lectura3 min
Opinión07-11-2010

Cómo habremos llegado hasta aquí, hasta este punto, hasta esta situación en la que tan difícil nos resulta reconocer que detrás de esos ojos achinados, de esas muecas torpes, de esos rostros deformes, de esos movimientos sin coordinación y de esas palabras sin articulación hay “un corazón como el de los demás”, como decía una de las niñas que le habló este domingo al Papa en Barcelona. Cómo habremos llegado hasta aquí, hasta ese punto, hasta esta situación en la que somos capaces de ver y dar nombre a lo microscópico y lo telescópico, a lo invisible visible y lo lejano posible... pero tartamudeamos a la hora de llamar persona a un bebé que no ha nacido y exigimos argumentos que en realidad no queremos, demostraciones imposibles y debates infinitos para defender la vida de un enfermo, la de un síndrome down o incluso la de un niño perfecto. Cómo habremos llegado hasta aquí, hasta este punto, hasta esta situación en la que necesitamos tantas palabras y malabarismos, tanta ciencia y tanta argumentación para entender y conmovernos con una vida, la que sea, blanca o negra; enferma o sana; culpable o inocente... da igual: la vida que sea. Una vida. Nos hemos quedado ciegos. Se nos han quemado los ojos. Estamos mutilados del corazón, incapacitados para ver lo invisible verdadero. Qué pena, qué dolor, que herida profunda se ha infligido en nuestro corazón para que prefiramos la muerte a ser acompañados en el sufrimiento; la muerte antes que pedir cariño; la muerte antes que vernos viejos; la muerte antes que nuestra vida; la muerte antes que la oportunidad de dar y recibir amor... la muerte, la muerte, la muerte. Y, al mismo tiempo ¡oh, contradicción! luchamos ingenuamente por alargar nuestras existencias para siempre en una ficticia eterna juventud. Sin quizás saberlo, nos cerramos a la fascinación de la vida eterna, nos blindamos a la posibilidad de dejarnos alcanzar por la palabra de quien un día nos prometió una casa en el cielo, y quedamos incapacitados para descubrir la profunda correspondencia entre nuestros anhelos profundos y las promesas de Dios. Cómo podemos volver a mirar con otros ojos, esos que penetran lo visible y llegan más allá, donde residen los secretos que todo lo explican sin palabras, donde se esconden esas plácidas verdades que nos acunan y nos descansan. Otros ojos. Ojos inocentes, ojos limpios y transparentes. Decía un comentarista que los viajes del Papa muestran a una Iglesia que peca de una nueva idolatría, la “papolatría” creo que lo ha llamado; una Iglesia alejada del “pequeño grano de mostaza” y de la humildad que se le debería suponer. Yo, sin embargo, quizás con una mirada ingenua o equivocada, mientras veía a Benedicto XVI acompañando la tarde del domingo a niños con síndrome down, a sus familias y a quienes ven en ellos vidas infinitamente dignas, veía a una Iglesia que no se pretende nada, que se sabe pobre y defectuosa, limitada por sus propios errores, embarrada con sus propios pecados, consciente de la desproporción tan grande entre su misión y sus fuerzas humanas, pero que no deja de sembrar y de apoyar a ese pequeño grano de mostaza que se pudre en la tierra tantas veces en silencio, tantas veces en el anonimato, tantas veces entre la burla y la indiferencia. He visto una Iglesia pobre que arrastra la mochila inmensa de sus errores, pero una Iglesia libre de espíritu que, avergonzada y penitente, sin pretensiones de grandeza, perseverará en su misión de ser grano de mostaza, pequeño e insignificante porque sabe que Dios es quien hace las cosas grandes que ella no puede; una Iglesia consciente de que lo pequeño y aparentemente insignificante es, sin embargo, decisivo a los ojos de Dios, el “amor invisible que sostiene el mundo”, como lo llama Benedicto XVI; una Iglesia que, no por cargar con la vergüenza, el oprobio o la indiferencia, dejará de guiarnos hacia el lugar donde hallaremos el tesoro por el que merece la pena venderlo todo. A mí eso me parece el colmo de la generosidad, de la humildad, y de la valentía. Y por eso, para ella, para la Iglesia, Rojo sobre gris.

Fotografía de Amalia Casado

Amalia Casado

Licenciada en CC. Políticas y Periodismo

Máster en Filosofía y Humanidades

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