¿TÚ TAMBIÉN?
La muerte que ya ha pasado

Por Álvaro Abellán
2 min
Opinión07-11-2010
Parece que la vida moderna exige una seria reflexión sobre la gestión del tiempo. Los manuales para personas ocupadas están llenos de interesantes consejos. Lo fundamental es educarse a uno mismo y saber educar a compañeros, jefes y subordinados en la organización del trabajo. Para eso, conviene determinar razonablemente los objetivos que queremos cumplir en un tiempo determinado. Eso exige tener claro qué queremos hacer y qué no queremos hacer (y saber decir “no”), planificando por escrito y distinguiendo lo urgente de lo importante, estableciendo prioridades y listando las tareas. Es importante evitar la perfección innecesaria y saber delegar (lo que se puede delegar y a quien se puede delegar). Debemos huir, en lo posible, de los okupas del tiempo y de las reuniones mal gestionadas, así como saber cuándo atender al teléfono y al correo-e y cuándo no. Por último, conviene saber por anticipado cuánto tiempo debemos dedicar a cada actividad y ponerle fin conforme a lo planificado. De lo que no suelen hablar esos manuales es del por qué es una responsabilidad gestionar nuestro tiempo… más allá de lo meramente operativo o útil en orden a una finalidad pragmática. Sin embargo, ésa es la cuestión importante, y sobre ella nos advertían ya los antiguos. La primera de las muchas (y deliciosas) Epístolas morales a Lucilio que Séneca nos ha legado habla, precisamente, de la gestión del tiempo: “Si quieres poner atención, te darás cuenta de que una gran parte de la existencia se nos escapa obrando mal, la mayor parte estando inactivos, toda ella obrando cosas distintas de las que debemos”. “Todo, Lucilio, es ajeno a nosotros, tan sólo el tiempo es nuestro: la naturaleza nos ha dado la posesión de este único bien fugaz y deleznable, del cual nos despoja cualquiera que lo desea”. “Realmente nos engañamos en esto: que consideramos lejana la muerte, siendo así que gran parte de ella ya ha pasado. Todo cuanto de nuestra vida queda atrás, la muerte lo posee”. El carpe diem romano no es el hakuna matata postmoderno. Para el romano, vivir al día no era despreocupación, sino honda conciencia del valor del tiempo. Está bien gestionar el tiempo. Está bien marcarse objetivos. Pero el objetivo más importante no tiene que ver con realizaciones ajenas a nosotros mismos. El logro más importante es el de una vida lograda. Cuando nuestra conciencia penetra en la densidad del tiempo, nuestras decisiones adquieren su verdadero peso y es en ese momento cuando la vida se ensancha.






