ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Una grave enfermedad

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad09-05-2010
Estamos enfermos y mucho. Parece que sólo físicamente, por una herida sin cerrar, una vida mal llevada, un día atravesado en la agenda o un accidente inoportuno. O todo ello junto, quizás. A veces no sirve con lo que recetan los mejores médicos y especialistas. También es verdad que puede que haya un tratamiento aunque aún no lo sepamos. Nuestra enfermedad es el miedo a reconocernos públicamente tal y como somos, desnudos, lejos de esa imagen que creemos que nos hemos creado ante el resto: los ganadores, los exitosos, los poderosos, los que tienen respuesta para todo, los que parecen dioses y héroes, mitos y divinidades. La enfermedad del hombre actual es genética, hereditaria y, además, contagiosa. Sólo hace falta observar cómo se plantea, por ejemplo, la idea del cáncer, ese conjunto de dolencias que tanto vértigo causa a la sociedad. Mientras algunos se atreven a plantar cara y a coger el toro por los cuernos, la mayoría escondemos el asunto tras palabras vacías como "una grave enfermedad". ¿Qué más da? Si aquí no nos vamos a quedar ninguno para contarlo, aunque el abuelo esté en plenitud a sus jóvenes 88, la sobrina reine a sus cinco primaveras y en pleno debut de la madurez quien escribe se piense que la vida es larga. Bajo las capas de maquillaje, los tacones, la corbata; detrás de los atriles y las gafas, del maletín, el casco y el volante; al otro lado de la mampara, la ventanilla y el teléfono; en la orilla contraria, la acera del otro lado, el edificio de enfrente y la casa del vecino; junto al parque o el estercolero; en la reserva natural o en la poblada urbe, hay miles, millones, miles de millones de personas que van a morir. Y todas y cada una de ellas estamos enfermas, también los líderes y lideresas, los reyes y las princesas, los poderosos y los multimillonarios. En la grandeza de los aparentes grandes hombres hay resquicios de debilidad, temeridad, inseguridad. El miedo es la enfermedad del hombre de todos los tiempos. Un miedo a reconocerse imperfecto, a defraudar al resto, a fallar a los demás. Un miedo que le convierte incapaz de que sea posible seguir el camino sin tropezar otra vez en la misma piedra y de mirar sin parpadear a la luz al final del túnel. Es el miedo por hacerse hombre y reconocer, de una vez por todas, que está perdido, que no encuentra respuestas. Si el alma no está donde tiene que estar lo demás no sirve. Es así. No hay vuelta de hoja. Uno solo no encuentra fuerzas para encender la llama en la noche oscura, pues dicen, y quizás tengan razón, que la carne es débil. También dicen que la respuesta está ante nuestros mismos ojos, por ejemplo, en ese trozo de madera que tanta devoción levanta en un recóndito pueblo como patrón bendito. "Miguel", el arcángel atrapado en esa madera, significa, desde siempre "¿quién como Dios?". Es lo que se piensa que es, y seguirá pensándoselo, el enfermo hombre.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






