ANÁLISIS DE SOCIEDAD
Joselito, matador de toros

Por Almudena Hernández
2 min
Sociedad07-03-2010
Se le llegó a llamar "el as de espadas", porque cuando mataba a los toros que anteriormente había toreado de capa, con vistosos pases recuperados de viejas tauromaquias, o con la pañosa, al natural, con su muletita pequeña, su técnica era infalible, rozaba la perfección. Una lesión en la muñeca derecha, después de su histórica temporada de 1996 -en la que cortó seis orejas una misma tarde en la plaza de toros de Madrid y copó las portadas de los periódicos del día siguiente, con la que estaba cayendo- le impidió muchos triunfos posteriores. Fue entonces cuando su espíritu rebelde se fue diluyendo en su perennemente fortísima personalidad. Un carácter, el de un hombre, que si no hubiese dado con sus huesos en la Escuela Taurina de Madrid, seguramente habría acabado cayendo en las drogas o en la delincuencia, como a alguno de sus amigos de la dura infancia que pasó José. Aún así, este José Miguel Arroyo Joselito que se ha conocido hace unos días tras su comparecencia en defensa de la Fiesta de los toros en el Parlamento catalán dista mucho del verdugo en quien los animalistas le quieren convertir. Autodidacta, torero desde niño por vocación y circunstancias existenciales -su padre, en el lecho de muerte, pidió a su apoderado que cuidase de él, aún un crío-, Joselito desprende una humanidad que muchísimos quisieran para sí. Todo, o al menos lo básico, lo ha aprendido del toreo: lo que es la vida, porque durante muchas tardes se ha enfrentado a la muerte. A punto estuvo de perder la vida cuando un inocente toro de 700 kilos le atravesó el cuello en Las Ventas al poco de tomar la alternativa. Y, más aún, también a tierna edad, en la misma plaza, otro astado hirió mortalmente a uno de los hombres de su cuadrilla, Antonio González El Campeño. José, el Joselito seco y parco en palabras que apela a los sentimientos y a la cordura en su discurso ante el Parlamento catalán, ha conseguido lo que muchos humanos también querrían para sí: la libertad. Hizo lo que le vino en gana, pero siempre defendiendo causas aparentemente perdidas y dando la cara por esos valores de los que ahora vuelve a hablar, los valores de la Fiesta de los toros: la cultura del esfuerzo, el trabajo, la inteligencia, la disciplina, el compañerismo, la sinceridad, la entrega, el clasicismo, el romanticismo, la libertad, la verdad, la pureza y también la naturaleza, por supuesto, entre otros muchos. Quienes le conocen saben que José, este Joselito matador de toros, domina a la perfección todas esas materias. Por algo a quienes sobresalen en el toreo se les llama maestros. Y Joselito, se vista o no de luces, lo sigue siendo. No sólo en la plaza. También en la vida.
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Almudena Hernández
Doctora en Periodismo
Diez años en información social
Las personas, por encima de todo






