La siguiente historia está basada en hechos reales ocurridos entre las 22:12 y las 22:23 horas del miércoles 12 de Diciembre de 2012, en la salida de la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas, Madrid:
A cero grados es difícil que sobrevivan las moscas. Ésta, apareció en mi coche incubada por el calor del radiador y mi garaje. Un calliphoriade, o moscardón común revolotea las inmediaciones de la luna delantera. Si abro las ventanas encontrará la salida que es seguramente lo que en realidad quiere. Cómo si la mosca supiera lo que quiere. Lo parece. Salir; por eso se choca una y otra vez contra el cristal. Plaf. Batacazo y al salpicadero. Beoda recupera fuerzas y vamos.
La sigo bizca; ora va, ora viene. De pronto está claro; quiere algo, cree que la salida es el cristal. Ve la luz. Está allí. No puede haber error. Así pues, no hay otro camino que esté dispuesta a investigar, a pesar de que me estoy helando bajándole todas las ventanillas. Mosca, más que mosca.
Igual la mato, porque puedo. Ojalá encuentre lo que anhela. Se equivoca de sueño, esperanza de vidrio. Voy a darle un empujoncito con mi moleskine hacia una salida. Cabezota se refugia entre los vericuetos del salpicadero. Allí, entre el pequeño ángulo que deja el cristal en sus bordes, se siente segura. No puedo alcanzarla para llevarla a la salida. No sabe que hay otro camino.
Pero escondida la mosca es menos mosca que nunca. Apenas puede andar y mucho menos volar sin espacio. Si decide sacar a la luz su mosquitud quizá logre sobrevivir. Sólo volando podré yo empujarla suavemente hacia la salida. No sabe lo que es ser mosca y eso la va a arruinar.
Ataco con el canto de la moleskine, demasiado ancho, pero la asusto y pérfida pánfila salta al calor del salpicadero. Su negrura le da seguridad. Está mirando al cristal desde el corredor de la muerte. Ahí es cuando puedo aplastarla sin cuartel. Pom. Un moleskinazo y su abdomen se esparciría por mi coche. En lo oscuro es cuando mosca Callipho se convierte en vulnerable y despierta mi indulgencia.
Doy golpes a su alrededor para obligarla al vuelo. Sus saltos son salvadores, obligan a sus alas, pero ella vuelve al firme del salpicadero olvidando que está hecha para volar. Mi rato se acaba y la misión agoniza. Y dale. Ya.
Le partí un ala y así la pude sacar del coche viva, pero herida para siempre.
Los hechos aquí relatados son absolutamente verídicos. No hay ningún adorno ni creatividad por parte de la autora. Es una crónica cuya intrascendencia me supera. Una alegoría de sinsentido y ceguera que se revuelve en mi cabeza, en mi tórax, mi abdomen.
Ya viene el guerrero que librará la batalla de esta hija de Sión.