Jugar con fuego

19-04-2011
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Ahora que nos acordamos menos de Fukushima resulta interesante detenerse a ponderar, con esa calma de la que hacen gala en Japón, el precio de nuestra evolución.
Quiere decir esto que no está mal que, de tanto en tanto, valoremos el coste de esta carrera que desde el inicio de los tiempos se echa la humanidad, esa carrera evolutiva hacia quién sabe donde.
Conseguimos el carbón a costa de la muerte de miles de mineros; protegemos nuestras cosechas con productos como el de la catástrofe de Bhopal; funcionamos con un producto -el petróleo- que devora nuestro ecosistema lentamente; convertimos en lujosos adornos pequeñas piedras brillantes que llamamos diamantes y que desangran países enteros en África; iluminamos hogares, ponemos en funcionamiento fábricas, con la energía nuclear. Es una pequeña muestra, pero podríamos poner un largo etcétera.
Desde luego, nos jugamos el tipo en la evolución y pocas veces medimos el coste a pagar por ella.

Fukushima ha servido para, entre otras muchas, dos cosas: Recuperar el debate sobre lo nuclear, que parecía inclinarse del lado de la balanza de sus defensores hasta poco antes del terremoto de Japón; y para desalojar un radio de 80 kilómetros desde la zona cero de la central nuclear.
Ahora que en torno a Fukushima solo quedan ancianos que ya no temen a la muerte, cabría preguntarse ¿Cuánto tiempo creíamos poder mantener controlada esa Caja de Pandora? ¿Cuánto más la mantendremos en las centrales que existen por todo el mundo? ¿Cuándo será la próxima vez que la naturaleza nos demuestre que puede más que nuestras construcciones?

Han pasado decenas de miles de años desde que lo descubrimos y a veces parece que no somos del todo conscientes de que jugamos con cosas mucho más peligrosas que el fuego.

Miguel Martorell

Colaborador de LaSemana.es desde 2003

Jefe de Sección en Europa Press

Autor del poemario Autócratas y de Memorias de un cualquiera

Twitter: @M_Martorell


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