Antes los niños jugaban con canicas en el barrio, bailaban peonzas, se convertían en constructores profesionales con las piezas del Lego y los mecanos, aprendían matemáticas y geografía a fuerza de memorizar los ríos y las comunidades autónomas con cancioncillas y esperaban el recreo para engullir su bocadillo de nocilla, pero eso era antes, lo suficientemente antes como para que hoy ninguno de ellos se interese por esas cosas.
Actualmente los pequeños ya tienen poco de inocentes. Las generaciones van pasando y el mundo cambia a su compás. Quizá por eso los chicos de hoy no tienen tiempo de asimilar los conocimientos más simples con un mínimo de atención, todo corre demasiado deprisa y quien no se sube a la modernidad se queda sin pasaje, aunque luego den ganas de gritar aquello que decía Groucho Marx: “paren el mundo, que me quiero bajar”.
Los avances tecnológicos, “la caja boba”, cada vez más presente en las vidas de los más pequeños, les están cambiando de mentalidad sin que muchas veces no lo adviertan ni siquiera los padres. Para aquellos progenitores que observan sobrecogidos lo poco que queda del universo infantil con Barrio Sésamo o Los teleñecos se ha escrito la nueva obra de la escritora Catherine L’Ecuyer, Educar en el asombro.
Muchas veces es complicado que los padres inculquen clases psicológicas a sus hijos sin que estos se aburran, pierdan el interés o se den cuenta de que están haciendo “cosas de mayores”, precisamente para desmontar estos tópicos está pensado este libro. Para enseñar a los críos a comportarse como lo que son y para lanzar un rayo de esperanza a sus cuidadores.
Leer esta especie de manual de autoayuda supondrá un viaje al pasado del lector, a lo sencillo del mundo, a aquel tiempo cuando la mayor preocupación era colorear el dibujo sin salirse de las líneas o cuando mentir estaba visto con gracia. Pretende ayudar a los niños de este siglo a recuperar su esencia, porque hay tiempo para madurar, pero la niñez se va para no volver. La meta de la escritora es hacer conscientes a todos de esta realidad escalofriante. Hay un mal planteamiento educativo, se han sustituido el papel y lápiz por el ordenador, ahora los preadolescentes no quieren jugar al futbol o a cantar y bailar, buscan ver quien liga más de su pandilla. Dar un buen aprendizaje es una tarea cada vez más exigente y compleja dadas las circunstancias, pero la respuesta es más fácil de lo que parece y está al alcance de cualquier comprador.
El reto es conseguir llamar su atención, ponerse en su piel más allá de los videojuegos y dibujos que ven a diario, está demostrado que si se estimula el cerebro de un niño adecuadamente con un juego, rendirá más que con tres clases aburridas, hay que ayudarles a que recuperen su naturaleza, a que no tengan miedo a asimilarlo todo lentamente, no hay que ponerles de espaldas a la realidad, pero tampoco es menester darles de bruces con lo más sórdido. En estas páginas se halla la virtud del término medio explicado con claridad, encanto y desde una perspectiva nada común, ahí reside su eficacia y originalidad.