Actores: Daniel Day Lewis, Tommy Lee Jones, Sally Field, John Hawkes, Joseph Gordon-Levit
Género: Histórica
Duración: 150 minutos
País: EEUU
Año: XXII
“Cuando el fin sí justifica los medios”, así podríamos haber titulado esta crítica, pero consideré más explícito el título actual. Concretamente eran dos los fines que Abraham Lincoln se proponía: la abolición de la esclavitud y el fin de la Guerra Civil. Un hecho alimentaba al otro: aprobar la enmienda abolicionista supondría el triunfo de la causa unionista ratificada por un Congreso con algo de potestad; y a su vez, dar carpetazo al conflicto y la derrota confederada era signo de que la esclavitud era algo del pasado y los negros, hombres libres. Por su parte el medio para conseguirlo fue una especie de ‘pucherazo a la americana’ de visos poco democráticos, pero, parafraseando a ese dictador decrépito, otrora revestido del aura revolucionaria, la Historia se encargaría absolverlo.
Sobre esto, ni más ni menos, versa Lincoln, la última película del Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg. La narración nos adentra en las intrigas y quehaceres políticos norteamericanos de la época con –obviamente- el presidente Lincoln (Daniel Day Lewis) como protagonista. El objetivo a cumplir por nuestro protagonista no es otro que sacar adelante la enmienda que abolía la esclavitud, y el principal escollo, los congresistas demócratas que, casi en mayoría, se oponían a la reforma; y como Mahoma no pensaba ir a la montaña, habría que comprar los votos de la oposición. Y punto, no hay más, y además el final ya se sabe: el bueno muere y el fin se alcanza.
A estas alturas nadie duda del talento narrativo de Spielberg. Hacerlo supondría poner patas arriba el cine contemporáneo. Pero debe matizarse que le queda mucho mejor el traje de la aventura y la acción, metrajes ágiles, y esta película es de todo menos eso. Obviamente, en EEUU este largometraje supondrá un chute de patriotismo desbordante, un onanismo historicista que pondrá los pelos de punta a cada americano cuando se vean reflejados en la gran pantalla como ese pueblo incansable adalid de la libertad propia y ajena. Desde el más recalcitrante carca del Tea Party hasta el miembro más hippie (que no comunista, ¡allí no hay de eso, oiga!) de Ocuppy Wall Street, sentirán su corazoncito conmoverse con la perorata del amigo Spielberg y su guionista Tony Kushner, responsable también del libreto de Munich, la que para algunos es la obra maestra del director y que a un servidor solo le parece una película buena.
Y cómo no, los Oscar han procurado muy mucho rendir buen tributo, aunque sea en número de nominaciones, a una de sus criaturas, ya que Lincoln no solo es la obra de uno de los cineastas estadounidenses más históricos, sino que el personaje y la historia en sí rezuman americanismo por los cuatros costados; patriotismo puro del que hace sacar banderas a los balcones, y eso aquí no tiene el mismo efecto, más aún cuando la historia nos es tan ajena.
Los Globos de Oro han sido menos condescendientes con el filme. Una sola estatuilla -la que a mi juicio se merece- a la magna interpretación de Daniel Day Lewis, que lleva la batuta de un reparto magnífico. Pero claro, de poco sirve si luego vas al Cinesa a verla doblada. Además de Day Lewis, otros grandes del cine americano dejan sin impronta en la pantalla: Tommy Lee Jones, John Hawkes o Joseph Gordon-Levitt, actor éste último que encandiló en Looper, aunque su personaje, el primogénito de Lincoln, parece que haya sido metido a prisa y de mala manera en la historia. Todo apuntaba muy alto. Demasiado alto, señor Spielberg.