AMOUR (Michael Haneke , XXII)

Radiografía del amor y la muerte

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Amour

Director: Michael Haneke

Actores: Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert

Género: Drama

Duración: 170 minutos

País: Austria

Año: XXII

Nada ni nadie puede evitar el hundimiento, parar el calendario. Darle marcha atrás a los días y volverlos a vivir. Porque el oxígeno da vida pero también oxida. Porque tras la enfermedad puede esconderse la soledad ajena, el llanto, la impotencia. Porque el amor no está al alcance de cualquiera, ni es gratuito, ni perdurable. Michael Haneke vuelve a retorcer la rama de la existencia con un guión lleno de alma y tragedia. Con una historia regalada entre cuatro paredes, filmada mediante planos íntimos y agónicos y capaz de cercenar el sentido humano de un solo sablazo. Como solo el austriaco sabe hacer.

Hace 15 años Haneke dio forma a su cinta más siniestra y espeluznante. Con Funny Games las tripas del espectador se revuelven sin violencia gratuita ni gore barato de por medio. Es una tensión natural gestada por planos largos como la famosa escena de los huevos, con artimañas como dejar el grifo abierto o alargar la conversación hasta más no poder. Dejar a la casuística hacer su trabajo y permitir que el terror fluya por las venas sin solución ni medida. Obra maestra indiscutible que ya bebe de otras obras anteriores como El séptimo continente o El video de Benny. En Amour reaparece la misma técnica a través de elementos más cotidianos y austeros. Son dos voces en pantalla que se gritan sin escucharse y que van sumiendo la casa a un silencio roto por la decadencia del cuerpo, tan bello como marchito.

Es sorprendente el ritmo ágil y llevadero que posee la película pese al dramón que nos cuenta. Es una muestra de que Haneke logra hacer inquietante lo que otros directores convertirían en plomo. Y lo consigue gracias a elementos narrativos muy sutiles y eficaces como dejar que el peso de la tragedia recaiga sobre los personajes principales, pero dejando abierta la puerta a pequeños soplos de aire de vida exterior. La rutina de los ancianos se convierte de la noche a la mañana en una pesadilla, pero podría ser igual o peor dos pisos más arriba.

No nos habla por tanto de la muerte repentina, ni de lo bella o fea que es la vida. Es el fin de los días narrado de una forma real, cruda y desoladora. Sin heridas físicas, sin hospitales ni mortajas. El mensaje implícito nos exige aprovechar los minutos al máximo antes de que el reloj se detenga, antes de que la vieja paloma entre por la ventana y no vuelva a salir. El resultado es un retrato de la vejez tremendamente veraz y sensible.

Por desgracia la filmografía de Haneke tampoco es perenne. Algún día se despedirá de su público y echará a volar al cielo de los autores inmortales junto a Dreyer, Kubrick y Truffaut. Que falten muchos años.

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