La res pública de los toros

04-03-2010
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Algunos que decían que estaba caduco aquello que concluyó el maestro José Ortega y Gasset van a tener que pensárselo dos veces. No se puede comprender la historia de España obviando la fiesta de los toros, filosofó el pensador. ¡Cuánta razón! Desde una parte del norte del Ebro, río que por cierto da nombre a esta Iberia nuestra a la que algunos no quieren pertenecer, sus señorías dicen que no quieren saber nada de una fiesta tan española, tan mediterránea y tan universal como la de los toros. Argumentan -e insultan- a los taurinos tapándose tras el burladero del politiqueo, pero más que esquivar la embestida se han quedado fuera de cacho.

Un periodista que conocí en mi época moza, Santos López Pelegrín Abenámar, allá por el siglo XIX que vieron mis huesos más tiernos, acostumbraba a mezclar cuernos y los asuntos de la res pública (la cosa pública, en cristiano) en el género que inventó como "artículos de toros aplicados a la política". Abenámar, cuya obra Filosofía de los toros parece guardar muchas similitudes con la mismísima Tauromaquia que se supone escribió el gran Francisco Montes Paquiro, llegó a reconocer que la labor de crítico es la de un profesional comprometido.

Él mismo -por cierto, bien retratado junto a otros en Periodistas taurinos españoles del siglo XIX por la profesora María Celia Forneas- se implicó en la política como misión de honor. No ha sido ni fue el único, pero aquí va una pildorita que el bueno de Santos firmó en 1839 con la que coincido plenamente, más aún con el burel que se está lidiando en el Parlamento catalán. Y quien dice ministro, dice político de mejor o peor cuna:

"Que escribiendo de toros, escribo también de otras cosas ya me lo sé yo, sin que nadie me lo diga, pues cuando me eché al mundo con mis artículos de toros aplicados a la política, género de escritura de que (aunque indigno) soy inventor, conocí que para hacerse uno leer hablando de estocadas a volapié, recortes y galleos, era preciso enjaretar un ministro entre el trapo del diestro y el hocico del toro, y hacer que le agarrasen por la cola (al toro, no al ministro) diputados, generales y otras notabilidades para que tuviese algo de notable y entretenido una materia seca como un cuerno, ácida como la arena, y dura, incómoda y mal cepillada como los asientos de la grada cubierta. Tuve además en cuenta una opinión mía en esto del escribir, aunque sea de matemáticas, y es que en todo escrito debe haber amenidad para que no bostecen los lectores, y evitar así que llegue un día en que nadie lea como no sea para conciliar el sueño".

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