Vida pública. Pasen y vean

03-04-2012
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Decimos, ordinariamente, que goza de una vida pública aquel que es muy conocido. El que sale en los medios de comunicación, firma una obra de arte o un libro, canta, juega al tenis profesional, gobierna un país, el que silencia un restaurante al cruzar el umbral, o aquel que reúne las miradas en la cola de facturación del aeropuerto. El protagonista de una vida pública no puede llamar por su nombre a tantos otros que sí conocen el suyo y su ética y estética aparentan un techo distinto al del vecino del quinto.

Dice esta semana Antonio Banderas que tener una vida pública le permite “separar el yo y pensar más en el nosotros, ser útil a los demás y servir…”. Esta conciencia ciudadana cobra relevancia para el actor al saberse observado y escuchado. No es indiferente para los seguidores de Antonio lo que éste haga con su vida. Una vida pública que le convierte en referente.

Nos sobreviene una pregunta a los que no hemos rodado “El Zorro”: ¿Podemos pensar y obrar como si viviéramos solos? ¿Se ciñe la definición de vida pública a un tamaño concreto de auditorio? ¿Cuánta gente nos tiene que conocer para que podamos decir que nuestra vida es pública? ¿Un estadio de fútbol con 20.000 personas? ¿Un aula con 100 alumnos? ¿Tiene el vecino del quinto una vida pública?

Descubro, perpleja, cómo las nuevas tecnologías nos ofrecen una respuesta ampliada y nos obligan a mirar de frente a estas preguntas que hemos estado esquivado desde la escafandra de una vida privada discreta. La comunidad Twitter, sin ir más lejos, existe precisamente porque quiso unir el yo al nosotros en un ejercicio de vida pública permeable. La mayoría de los miembros twitteros calibran libertad y responsabilidad de una forma comprometida. Como la Speaking Corner de Hyde Park, pero a lo bestia. También juegan a menudo. Eso, además de comprometerse, es vivir.

No sé cual es el público concreto de usted. Apenas intuyo cual es el mío. Pero lo cierto es que todos vivimos en un marco comunitario que de alguna forma nos convierte a cada uno en referente. Usted sabrá de qué y para quién. O lo que es más asombroso, tal vez no sepamos nunca las consecuencias de nuestro ser y actuar sobre otros.

Una vez destapado el pastel de que todos somos protagonistas de una vida pública, empiezan los miedos y, como Antonio Banderas en la Semana Santa malagueña, podemos llegar a decir: “Vengo a ocultarme tras un capirote y a disfrutar del anonimato”.

Ningún twittero podrá decir que sus palabras son privadas y tampoco en la celda interior de un capirote será anónimo el señor Banderas. De hecho, los penitentes se visten de El Nazareno. Y eso es un nombre propio.

Irene Vázquez

Licenciada en CC. Económicas y Empresariales

Máster en Filosofía y Humanidades

Publicista de oficio

Profesora de la UFV y filósofa amateur

Por una cultura de la creatividad

Twitter: @IreneVazquezRom


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