Un mundo feliz es una de las obras más consagradas del siglo XX. La novela proporciona al lector una visión deshumanizada y utópica del futuro. El libro ofrece una visión futurista de la sociedad, una utopía en la que los grandes males contemporáneos. La guerra, pobreza, enfermedades, vejez, etc. han sido erradicados. La historia transcurre en el 632 d.F (después de Ford), el equivalente al año 2540 en el calendario cristiano.
Las personas creen ser completamente felices y, cuando vislumbran un nimio sentimiento de aflicción, tratan de mitigarlo consumiendo una droga llamada soma. Esta sustancia es dispensada por las autoridades para controlar a las masas y eliminar cualquier razonamiento y juicio que haga peligrar su "sistema perfecto, estable y feliz".
La sociedad de la novela no se reproduce de modo natural. Utilizan una avanzada tecnología reproductiva que crea decenas de mellizos, los cuales son "condicionados" según la categoría social a la que pertenecen. El asunto de la maternidad es importante, puesto que no existe. Todos proceden de laboratorios. Las mujeres no disfrutarán jamás de un embarazo, está totalmente rechazado en su sociedad.
El libro dice que cuando el personaje de Lenina observó el "espectáculo" de dos jóvenes amamantando a sus bebés, se sonrojó y tuvo que apartar la mirada. Jamás había visto una "indecencia" como aquella y la cataloga de "repugnante escena vivípara". Bernard, otro de los personajes principales, dice a Lenina: "A menudo pienso que es posible que nos hayamos perdido algo muy importante por no tener madre y, quizá tú, te hayas perdido algo al no ser madre, Lenina".
A pesar del condicionamiento, del soma y de las prolongadas sesiones hipnopédicas (tratamientos para deshumanizar y acallar la conciencia de los hombres), floreció en Bernard de modo sutil el innato sentimiento paternal dado en la naturaleza humana.
El autor refleja muchas cuestiones y dilemas morales presentes en el pensamiento moderno. Plasma también las consecuencias de la indiferencia propia de la actitud postmoderna, según vaticinan algunos pensadores actuales. La definición que da Mounier del hombre dominado por el espíritu capitalista, coincide con la de los seres creados por Huxley: "un tipo de hombre vacío de toda locura, de todo misterio, del sentido de ser, del sentido del amor, del sufrimiento y de la alegría, consagrado a la felicidad y a la seguridad (…). No apto ni para el pecado ni para la gracia, ni para la desgracia ni para la alegría".
Un mundo feliz es un excelente libro que, tras una historia ficticia y futurista, esconde las grandes cuestiones reales y contemporáneas. Una lectura que invita a la reflexión y obliga a uno mismo a preguntarse sobre el mundo en el que vive, rechazando de este modo, la actitud de la indiferencia y abandono de la pregunta propia de nuestros días.