Las películas con argumentos sobre ancianos son las menos, pero también aquellas que más impactan, si se saben tocar los hilos adecuados, con las herramientas más acertadas, se consigue tejer una obra maestra atemporal que puede llegar a todos por igual. Este fue el caso del director japonés Yasujiro Ozu, que con su obra maestra, Cuentos de Tokio, traspasó las mayores barreras, haciendo que su largometraje fuera el tercero mejor valorado de la historia del cine. Un matrimonio ya mayor y acostumbrado a la vida sencilla y rural viaja a la ciudad para pasar una temporada con sus hijos, ya que hace mucho tiempo que no se reúne toda la familia. Sin embargo, al poco tiempo de llegar, llenos de ilusión, comprueban que sus descendientes no tienen tiempo para ellos, están demasiado ocupados en un mundo moderno que ellos desconocen por completo, e intentan complacerles apartándoles como a trastos, con hoteles y demás lujos, todo menos amor. Cuando la madre comienza a enfermar, la situación se volverá extremadamente triste y compleja para ambos.
Aquella cinta se estrenó en 1953, ahora, en el 2013, otro cineasta de igual nacionalidad que el anterior, Yogi Yamada, presenta Una familia de Tokio, un homenaje a Ozu. Mismo argumento, iguales personajes, e idéntica alma, excepto algunos detalles. Una adaptación brillante, que iguala a su predecesora, captando su esencia y aportando también su toque personal. Yamada retrata de una forma altamente fiel el cambio generacional reflejado en la película. Con el paso de los años las costumbres ancestrales cambian drásticamente, el ritmo de vida relajado se convierte en frenético y lo que supuestamente debe entretener a los jóvenes, aburre mortalmente a los mayores. Cada escena recrea estas diferencias, intencionadas e inocentes.
En cuanto a las interpretaciones de los actores, no tienen un pero, no solo se muestran correctos y profesionales, sino que van más allá. Transmiten toda la ternura y sentimentalismo exigidos para sus papeles, sabiduría y paciencia. El guión es relajado, “hogareño”, sencillo. Las intervenciones están bien hiladas y, si bien en alguna ocasión la trama puede hacerse ligeramente pesada, la historia de trasfondo disculpa la tardanza. El realismo reflejado en los diálogos es alucinante, nada de rebajar la crudeza de las relaciones entre padres e hijos, en este caso adulteradas por la brecha temporal y la inmensa diferencia de edad. La buena fotografía también se hace notar, emotiva, cercana e incluso dinámica. Lo mismo para la música, oportuna, suave y muy íntima. Todo el largometraje respira un aire familiar, en los aspectos positivos y negativos de este tipo de relaciones.
Lo dicho anteriormente lleva precisamente a hablar del trasfondo oculto tras la trama. Las relaciones familiares en todas sus categorías, haciendo énfasis en dos. La de los padres y los hijos y aquella que se da entre hermanos. La primera es la clara protagonista. Habla de lo triste que resulta ver a una persona mayor como un lastre social, alguien de quien hay que ocuparse, pero sin que interfiera en la vida diaria. Los acercamientos superficiales, el cariño que se resuelve a golpe de talonario y la incomprensión de aquellos ancianos que no buscan grandes comodidades, que solo reclaman un amor callado, simple aunque cercano. La diferencia de educación a través de las épocas, algunas maneras que quedan en desuso y otras que deberían recuperarse aunque sus contemporáneos no sean conscientes de ello. Los lazos entre los hijos es otra cuestión, clasifica loas distintas formas concebidas de ver a unos padres, lastres, pilares fundamentales, o simplemente las figuras que los criaron. Cada una de sus personalidades es una actitud ante la vida.
Un filme delicioso, para las personalidades más sensibles, aquellos que solo busquen pasárselo bien o no entristecerse, deberían evitar verla. Tiene la esencia de los anuncios navideños y el calor de las relaciones humanas. Dos obras maestras separadas por generaciones, perlas enterradas en la arena de lo comercial y lo superfluo, lo que solo entretiene. Una cinta que llega para quedarse.