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SIN CONCESIONES

No habrá cisma en el PP

Fotografía
Por Pablo A. IglesiasTiempo de lectura4 min
Opinión06-07-2018

A nadie debe extrañar o sorprender que Soraya Sáenz de Santamaría haya ganado las primarias del Partido Popular. Ha demostrado su solvencia, valía y brillantez durante la última década. Primero en la oposición como portavoz parlamentaria. Después como vicepresidenta del Gobierno de Mariano Rajoy. Ha sobrevivido sin mancha de corrupción en la etapa más sucia del PP. Ha gestionado con éxito la fontanería de La Moncloa. Incluso protagonizó con éxito el debate electoral contra Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias en las generales de 2015. Ya entonces era la gran favorita de un sector del partido para suceder al líder. Pero Rajoy no estaba dispuesto a dar un paso atrás, ni siquiera por el bien de las siglas. Aguantó, insistió, ganó y gobernó otra vez. Hasta que la sagaz moción de censura de Pedro Sánchez y su asesor Iván Redondo cambiaron la historia.

Los enemigos de Santamaría decían que no conocía el PP, que no tenía el apoyo de los barones, que no la querían las bases. Todo falso. Era un mantra para tratar de socavar su imagen dentro del partido y desprestigiar su liderazgo entre los periodistas. Cierto es que la vicepresidenta únicamente defendía al Gobierno (y no al PP) en sus ruedas de prensa tras cada Consejo de Ministros. Cierto también que su altísima capacidad de gestión ha sido inversamente proporcional a su discurso ideológico. Pero en las primarias ha sido la favorita de los afiliados inscritos. Ha vencido en 7 comunidades autónomas. Y ha tenido el respaldo de destacados líderes populares como Alfonso Alonso, Javier Arenas, Íñigo de la Serna, Juan Manuel Moreno, Fátima Báñez, Carlos Iturgáiz... Gran resultado para no conocer el partido y para no saber hacer política, como le reprochaban los afines a María Dolores de Cospedal.

La secretaria general del PP es la gran derrotada de las primarias, aunque ahora tenga la llave para vengarse de su enemiga en la segunda vuelta. Cospedal llevaba ocho años preparando esta votación. Antes de ganar las generales de 2011, su equipo ya pronosticaba que sería la siguiente presidenta del PP. Auguraban que Rajoy caería por la gestión económica y ella salvaría al partido y a España. Aquellas palabras manifestaban una ambición sin límites y una estrategia que confirmaron los nombramientos posteriores en puestos clave del partido. Cospedal aprovechaba las listas electorales y el acoso de barones para colocar sus peones. En muchos casos mediocres, pero en casi todos obedientes y leales. Ni siquiera con esos hilos (y las presiones ejercidas estas semanas) ha ganado las primarias. El aparato se ha revelado contra ella en muchos sitios que decía controlar. Por ejemplo, en Madrid, Cataluña o Murcia.

Santamaría ha ganado pero el gran vencedor es Pablo Casado. El joven líder del PP tiene carisma, conoce el partido mejor que las dos grandes mujeres que han arropado a Rajoy durante años y desprende política por todos los poros de su piel. Defiende sin complejos la ideología del partido, justo la carencia que exhibía Rajoy. Casado creyó desde el primer momento en sus opciones de triunfo y pensó que si pasaba a la final sería presidente gracias al respaldo de la derrotada. Así puede ser a pesar de que Cospedal criticó hace pocos días que Casado era el heredero de Aznar y de que cuando se veía ganadora exigía integración y una lista unitaria para el Congreso Extraordinario del 20 y 21 de julio. Pronto ha olvidado sus palabras con tal de evitar que Sáenz de Santamaría tome las riendas del partido.

La guerra soterrada entre las dos mujeres de Rajoy en el Gobierno y en el PP amenazaba con unas primarias de tono bronco y bélico. Pero no fue así. La campaña fue bastante limpia antes de votar porque ambas apartaron su odio y antepusieron la responsabilidad. Ahora vuelven los augurios de sables, navajazos y duelos a muerte entre los dos finalistas. Pero ni el PP es Podemos ni las primarias populares no son como las socialistas. En el centro derecha español siempre ha primado la unidad a la ruptura. Prefieren las pugnas en privado a las batallas en público. Creen que las siglas están por encima de las personas. Son un poquito más leales y algo menos individualistas, si es que estos principios caben en política. En definitiva, piensan más en cómo ganar las elecciones y en cómo preservar la unidad del partido. Santamaría y Casado, que hace diez años se querían y apoyaban por otros interes, representan lo mejor de las dos maneras que existen de entender el PP. Cada una con sus virtudes y defectos. Pero juntas difíciles de batir en las urnas. Eso es lo que deben reflexionar en los próximos días. Desde luego, Cospedal no lo desea pero la manchega también es una mujer inteligente y responsable. Aznar y Rajoy solían decir que en el PP había sitio para todos y que en esa virtud residía su grandeza. De aquí al 21 de julio comprobaremos si realmente sigue siendo así y si sus discípulos aprendieron bien la lección de los maestros. En cualquier caso, no habrá cisma ni escisión. Quien pierda sabrá asumirlo. La alternativa de Ciudadanos ya existe y los dirigentes del PP son conscientes de que esa es su mayor amenaza.