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ANÁLISIS DE INTERNACIONAL

Tambores de guerra

Fotografía
Por Isaac Á. CalvoTiempo de lectura3 min
Internacional16-04-2018

Suenan tambores de guerra en Siria... de más guerra. Aunque parezca lo contrario, en ese país llevan siete años con un conflicto civil que comenzó con la llamada primavera árabe para derrocar a Bashar Al Assad, pero que ha acabado degenerando en un enfrentamiento generalizado. El resultado, miles de personas han perdido la vida y cientos de miles se han visto obligados a dejar sus casas y huir.

Son muchos los intereses en juego y varios los bandos: Ejército de Siria, opositores, el llamado Estado Islámico... Todos han mostrado las barbaridades de la guerra y la destrucción y el dolor que esta puede causar. Mientras tanto, la comunidad internacional se ha dividido. Por un lado, Estados Unidos y varios socios de la Unión Europea cuestionan el papel de Al Assad, piden su derrocamiento y son partidarios de los opositores. Por otro, Rusia apoya decididamente al presidente sirio y no tiene reparos en ayudarle militarmente, de forma abierta.

La Casa Blanca y el Kremlin tienen objetivos enfrentados en este conflicto y cada uno mueve sus hilos para tratar de conseguirlos. Aun así, lo hacen con la suficiente cautela para no extralimitarse en su posición y evitar un enfrentamiento armado y explícito con la otra gran potencia. Rusia, hasta ahora, ha llevado la voz cantante y Estados Unidos se ha limitado a hacer bombardeos selectivos.

El último se produjo este sábado y no fue una sorpresa, ya que el presidente estadounidense, Donald Trump, lo anunció previamente a través de Twitter con uno de sus mensajes característicos (hasta con humor negro). La acción militar de Estados Unidos contó con la colaboración de Reino Unido y Francia y se produjo como represalia a un ataque con armas químicas por parte del régimen de Al Assad.

Sin embargo, no es la primera vez que sucede algo parecido. Está demostrado que este tipo de castigo no frena al Ejército de Siria, pues sigue usando armas de destrucción masiva cuando lo considera necesario. También deja patente la hipocresía de la guerra, ya que un gran bombardeo indiscriminado puede matar a cientos de civiles y ser consentido por las potencias mundiales, pero si se utilizan gases tóxicos que acaban con la vida de 30 personas se considera un acto gravísimo que viola la ley.

Hay que replantearse este tipo de hechos atendiendo a la gravedad de las consecuencias. La vida humana debería ser lo más importante y arrebatarla tendría que estar castigado, independientemente de que sea con un gas o con decenas de barriles bomba lanzados desde helicópteros, como también se ha visto en Siria.

Lo que está ocurriendo en territorio sirio demuestra la incapacidad de la comunidad internacional para hallar una solución. Después de tantos años, es necesario implicarse decididamente para buscar un acuerdo que acabe con la tragedia y siente las bases de una transición y reconstrucción. Los pactos alcanzados hasta ahora no han servido de nada, pero sus garantes tampoco han obligado a cumplirlos.

La posibilidad más factible es volver a buscar un acuerdo que satisfaga, en la medida de lo posible, al Gobierno sirio y a los opositores y, además, que acabe con el Estado Islámico en la zona. Asimismo, Estados Unidos y Rusia han de dejar a un lado sus respectivos intereses y comprometerse a actuar coercitivamente si algunas de las partes no cumple lo acordado. Si no lo hacen, Washington y Moscú corren el riesgo de entrar en una espirar de acción-reacción mutua que tense aún más sus relaciones.

Otra opción sería que la comunidad internacional llegue a la conclusión de que es mejor abandonar Siria, desentenderse de lo que está ocurriendo, mirar para otro lado y esperar a que alguna de las partes venza. Una vez llegados a ese punto, las potencias mundiales tendrían que afrontar la nueva situación, empezar de cero y asumir las consecuencias políticas y diplomáticas de lo ocurrido, que podrían ser peores que las actuales.