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ANÁLISIS DE INTERNACIONAL

La traición se paga

Fotografía
Por Isaac Á. CalvoTiempo de lectura2 min
Internacional19-03-2018

El mundo de los espías está mitificado. Las películas han hecho que la sociedad lo vea con un aura de misterio y fascinación por cómo viven sus protagonistas, por sus misiones, sus desafíos... Sin embargo, este trabajo puede ser monótono y es mucho más peligroso de lo que muestra el cine, porque no siempre tiene final feliz y los malos también ganan.

Uno de los últimos ejemplos se encuentra en el intento de asesinato del exespía ruso Sergei Skripal, de 66 años, y de su hija Yulia, de 33. Ambos fueron encontrados moribundos y con rigidez muscular en un parque de la localidad inglesa de Salisbury. La investigación policial ha confirmado que ambos fueron envenenados con un potente agente químico y apunta a Rusia como ejecutora o, al menos, instigadora de este intento de asesinato.

Así lo cree también la primera ministra británica, Theresa May, quien ha anunciado que va a expulsar a 23 diplomáticos rusos. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia niega toda relación en el suceso, se ha mostrado indignado por la decisión de May y ha respondido con una medida idéntica, ante lo que considera como una provocación de Reino Unido.

La postura del Kremlin es entendible, aunque esta indignación sea fingida. No le queda más remedio que desentenderse de este asunto, ofrecer ayuda en la investigación e intentar pasar página lo antes posible. Al fin y al cabo, Rusia y Reino Unido son dos potencias y les conviene llevarse lo mejor posible, pese a sus discrepancias y a incidentes como el de Sergei Skripal. No es la primera vez que las autoridades británicas se enfrentan a un caso como este. En 2006, el exespía ruso Alexandr Litvinenko fue asesinado, en similares circunstancias, con Polonio 210, un agente que acabó con su vida en pocas semanas y con un deterioro físico propio de la radiación nuclear.

Aunque el Kremlin no estuviera detrás del envenenamiento de Sergei Skripal, está claro que se ha transmitido un mensaje que interesa a Rusia. En este caso, se castiga al exespía por haber sido un agente doble durante años y por colaborar con los servicios secretos británicos. Skripal y fue condenado en Moscú por alta traición, pero en 2010 se benefició de una amnistía, fue canjeado por otros espías en un intercambio multilateral y desde entonces vivía en Salisbury.

Sin embargo, ni su discreta vida de jubilado ni su nueva identidad consiguieron alejarle de la venganza. La traición es uno de los peores delitos que puede cometer un espía, independientemente del país para el que trabaje, pero en Rusia (con algunas actitudes heredadas de la Unión Soviética) los traidores corren el riego de pagarlo aún más caro, incluso después de muchos años.