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ANÁLISIS DE ESPAÑA

Verdades y mentiras sobre Cataluña

Fotografía
Por Alejandro RequeijoTiempo de lectura4 min
España11-09-2017

Ahora muchos se han horrorizado por la flagrante vulneración de derechos que tuvo lugar en el Parlament. Ahora. Pero lo cierto es que hace ya mucho tiempo, demasiado, que en Cataluña todo se justificaba bajo el odio a España. Así sería la república catalana que se pretende construir al ritmo que marcan las CUP (con el 8,2 por ciento de los votos) y un presidente elegido a dedo sin pasar por las urnas. Un lugar en el que uno puede ser depurado sólo por manifestar dudas. Lo estamos viendo. De la noche a la mañana gente como Évole o Coscubiela han sufrido el acoso que antes experimentaron incluso miembros del Govern que no acreditaron suficiente adhesión a la causa. Como esos funcionarios de Corea del Norte que son purgados por no aplaudir con la vehemencia suficiente al líder. Se permitía todo en aras de una presunta libertad de expresión que no era más que acoso a quien intentaba expresarse libremente, pero de otra forma. Se promovían pitadas al himno de España en un estadio, pero se condenaba la agresión a dos niñas seguidoras de La Roja. Como si ambas reacciones no fuesen distintas formas de expresión de la misma intolerancia. Como si la segunda no fuese una consecuencia de la primera. Y así todo. Se activan ahora todos los resortes del Estado como si esto no fuese el lógico desenlace de años de insumisión y sentencias incumplidas ante la nula oposición del Estado.

Pese a ello, demasiadas veces se ha incurrido, dentro y fuera de Cataluña, en el error de equiparar a estas actitudes con el inmovilismo de Rajoy. Como si tachar de fascista a Machado fuese también culpa de Madrit. Durante demasiado tiempo este rasero moral ha contado con la inestimable colaboración a la hora de construir su andamiaje ideológico. No era de las CUP sino de la filial de Podemos la diputada que se levantó para retirar las banderas de España sobre los escaños vacíos de sus compañeros, previamente despojados de sus derechos por la presidenta de la Cámara. Estos son los que ven a Otegi como un perfecto demócrata merecedor de homenajes y al rey como un traficante de armas al que vilipendiar. Ha tenido que expresarse sin caretas el nacionalismo para que mucha gente comprenda, al fin, que el concepto de democracia iba mucho más allá del volem votar. Sobre todo es respetar las reglas del juego que en este caso marca la Constitución. Si aceptamos como límite democrático que cualquier Carta Magna debe poder ser refrendada por cada generación, esto convierte en antidemocrática cualquiera que tenga más de 18 años de antigüedad. Absurdo. Convendría tener claro entonces que Finlandia es el único país democrático en Europa al haber aprobado su Constitución hace 17 años. El resto tienen todas más años y la española no es ni de lejos la más longeva.

Ha tenido que pasar lo que ha pasado para que la gente comprenda que el motor del procés no fue nunca la voluntad popular. Nunca tuvieron ni la legitimidad ni los votos (un 47 por ciento de los votos). Tan sólo había un deseo de ruptura amparado en otra mentira aceptada por muchos: el derecho a celebrar el referéndum aunque fuese para decir que no. Como si eso no fuese ya de facto la aceptación de su privilegio sobre el resto de españoles, que al final es de lo único que se trata. ¿Alguien cree aún que el soberanismo iba a aceptar un NO en la consulta sin emprender otro desafío al cabo de poco tiempo? Las veces que hagan falta hasta que saliese el SÍ. Porque para el nacionalismo la democracia sólo es tal cuando le da la razón. Un medio para conseguir su propósito y no un fin en sí mismo. Conviene recordar que las maniobras urdidas con nocturnidad en el Parlament atentan también contra el Estatut con el que muchos ingenuos dieron por superada la tensión territorial para varias generaciones. Ni diez años duró. La unidad inicial de los demócratas dará pasó rápidamente a divergencias. No tardará el iluso buenísimo en mostrarse de nuevo en adalid de la negociación. Como si a estas a alturas Puigdemont, Forcadell o Anna Gabriel se fuesen a contentar con una España confederal de naciones o una comisión de estudios en el Congreso.