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ANÁLISIS DE ESPAÑA

Elogio de la filtración

Fotografía
Por Alejandro RequeijoTiempo de lectura2 min
España08-05-2017

Se le aplica a las filtraciones un sentido peyorativo injusto. Son al periodismo lo que la leña a una hoguera. Sin ellas sería imposible entender este oficio con su pretendido objetivo de arrojar luz a las zonas oscuras. Y si se entiende el periodismo como un elemento necesario de los sistemas democráticos, las filtraciones no deberían estar siempre en el foco de la sospecha, sino todo lo contrario. Empezando por los periodistas, tantas veces dispuestos a usar el término con el ánimo de restar mérito al origen de una información, sobre todo cuando viene de la competencia. A la hora de filtrar siempre hay un interés recíproco entre el filtrador y un periodista dispuesto a amargarle el desayuno a algún poderoso.

Incluso en los mejores trabajos de investigación siempre hay alguna filtración. Por muy sagaces que fuesen los periodistas del Washington Post, por muchas fuentes que tuviesen, el Watergate nunca hubiese sido posible de no existir una garganta profunda dispuesta a guiarles en su camino. Por supuesto que una filtración es interesada. Todas lo son. Pero a la hora de filtrar puede haber muchas motivaciones: un empleado descontento con su jefe, una confianza en el periodista, una deuda pendiente, un deseo de hacer público un éxito personal insuficientemente reconocido, incluso un simple interés altruista por que se sepa la verdad. A veces -es cierto- no es necesario ser un gran periodista para recibir una filtración. Puede que a la fuente le seduzca la potencia del medio para el que trabaja, su público objetivo o su línea editorial. Pero ninguno de estos ingredientes deben ser un condicionante para publicar o no publicar algo; solo si lo que te cuentan es verdad y relevante.

El fiscal jefe anticorrupción ha sido el penúltimo en poner el foco sobre las filtraciones periodísticas como algo a perseguir. Si en su ánimo está evitar la pena de telediario a los investigados, choca de frente con el derecho de los ciudadanos a saber, por ejemplo, cuánto y cómo se lo ha llevado muerto el político de turno. Si en el ánimo del fiscal está proteger sus propias investigaciones, entonces el problema no es la filtración sino la falta de profesionalidad del periodista que anteponga una exclusiva al riesgo de chafar un trabajo policial. Allá el que se salte esta premisa porque probablemente esté ante su última filtración. Pero ese es otro debate. De momento, toca recordar al fiscal jefe anticorrupción el oficio periodístico en los términos que empleó Orwell: "Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas".