Alejandro G. Nieto.- Pocas veces el calificativo de circo para referirse a la Fórmula 1 ha sido tan acertado como en esta temporada. La competición más ostentosa del mundo del motor dice adiós a una de las campañas más tristes de su historia, en la que lo acontecido fuera de las pistas ha robado las portadas a la insulsa lucha por el campeonato.
En verdad, el tema deportivo no ha dado para mucho este año. Las seis victorias iniciales de Button arrasaron con toda posibilidad de vivir una lucha por el título igualada cuando todavía restaban diez pruebas por disputarse. Las escuderías grandes no supieron hacer frente a los cambios en el reglamento y los pilotos importantes, los de mayor tirón mediático, quedaron relegados a un papel secundario. Y todo ello ha propiciado una de las campañas más insípidas jamás disputadas.
La temporada ha acabado, y eso es, probablemente, lo mejor que se puede decir de ella. Ahora que la presión de los equipos ha dado sus frutos y para el año próximo no habrá novedades importantes (en especial han conseguido evitar la implantación del límite presupuestario), cabe esperar que los conjuntos con más dinero vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde. Y con ellos volverán a pelear por el campeonato quienes, por el bien de las arcas de la FIA, deben hacerlo. El propio Bernie Ecclestone se frota las manos ante la posibilidad de revivir una lucha por el título entre Fernando Alonso y Lewis Hamilton, con todo el morbo que ello conllevaría.
La inclusión de tres nuevas escuderías, al margen de lo que vayan a aportar deportivamente, puede suponer también una inyección extra para los datos de audiencias (Estados Unidos volverá a estar presente en la F1, regresa la clásica Lotus y pueden debutar pilotos mediáticos como Bruno Senna). Así que, previsiblemente, lo que suceda dentro de los circuitos será lo que, como dicta la lógica, acapare de nuevo la atención. Desde luego, sería una alegría para todos que la Fórmula 1 volviera a ser el Gran Circo (con mayúsculas), y no un circo cualquiera.