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ANÁLISIS DE DEPORTES

Andrés Montes, 'Melodía de Seducción'

Fotografía
Por Alejandro G. NietoTiempo de lectura3 min
Deportes18-10-2009

He de confesar que yo era del bando crítico con las narraciones futbolísticas de Andrés Montes. Me molestaban sus continuas meteduras de pata y la escasez de sinónimos en su vocabulario. También es verdad que siempre preferí los entrañables errores de Montes a Antoni Esteva y su estilo radiofónico, tan acelerado y excesivo en palabras que puede causar ataques epilépticos. Lo cierto es que más de una vez me he despachado a gusto sobre el poco acierto de LaSexta para elegir a sus locutores futbolísticos. Pero a Andrés Montes, que en paz descanse, hay que reconocerle muchos más méritos que nada tienen que ver con su etapa en la cadena de Jaume Roures, en la que se hizo conocido para la mayoría de quienes estos días han lamentado su muerte. En estos últimos tres años, Andrés gozó de más atención mediática que en toda su carrera. De hecho, si LaSexta no le hubiera lanzado a la fama, su fallecimiento no habría ocupado tantas portadas. Sin embargo –lo que son las cosas– el pasar tres temporadas aplicando su estilo inigualable a unas narraciones –las futbolísticas– que no se le daban nada bien ha servido para que, con su muerte, se le rindan los honores de mito del periodismo que merece. Sólo los aficionados al baloncesto sabíamos de la grandeza de ese pequeño hombre antes de su fichaje por la cadena de Pozuelo de Alarcón. Porque fue en ese deporte donde Montes se convirtió en el gigante de los micrófonos como el que debe ser recordado. Nunca destacó por sus aportes técnicos o tácticos a las locuciones de los partidos. Su conocimiento del mundo de la canasta era amplio y su cultura no tenía límites. Pero en sus retransmisiones no se caracterizó por demostrar esa sabiduría. Montes enamoró a los fanáticos de la NBA que le escuchaban todas las noches por su peculiar forma de entender el básquet. Lo concebía como una manera de disfrutar. Y por ello intentaba divertir y hacer felices a los espectadores, en lugar de informar y narrar las jugadas al modo tradicional. Él podía decir más con un simple mote que el resto de periodistas con sus parrafadas. Con esa habilidad para definir personalidades y estilos de juego con sobrenombres, con sus arrebatos de pasión, sus originales muletillas y sus referencias constantes al cine y la música –campos en los que era todo un experto– acababa enganchando a todo el que trasnochaba para seguir la mejor liga del mundo. Su salto a la fama fue toda una revolución en la manera de hacer periodismo deportivo. Y probablemente la suya fuese la última transformación exitosa en un género muy estancado, en el que resulta harto complicado hacer algo diferente y triunfar. El periodismo tiene, por ello, una gran deuda con él. Aunque mucho más todavía le ha quedado a deber el baloncesto. Su prematura desaparición ha dejado muchas cuentas pendientes y, pese a los numerosos homenajes que proliferan estos días –sirvan estas líneas como ejemplo–, parece difícil poder devolverle todo lo que nos dio. Tal vez una buena forma sea mantener vivo su legado y recordarle cada vez que pronunciemos alguno de sus apodos. Personalmente, nunca olvidaré el que le puso a Latrell Sprewell, porque siempre he pensado que ese sobrenombre le hubiera venido al pelo para él. Si en su epitafio pudiera quedar grabado alguno de sus motes, seguramente ése sería “Andrés Montes, Melodía de Seducción”.