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DeportesNúmero 589LaSemana del 13 al 19 de abril de 2009

ANÁLISIS DE DEPORTES

Soñar o ser realistas

Alejandro G. Nieto.- A quienes amamos el deporte, nos atrae de él, por encima de muchas otras cosas, la posibilidad que brinda a quienes luchan contra la adversidad de apelar al coraje y el esfuerzo para, en un instante de perfección, alcanzar una gloria que veían como quimérica. Todos nos maravillamos cuando el Alavés rozó el éxtasis en la Copa de la UEFA, vibramos con el Villarreal cuando Riquelme tuvo el penalti para elevarlos a la final de la Champions y nos enganchamos al televisor cada vez que un equipo de Segunda B alcanza una de las rondas finales de la Copa.

Esa exposición constante a la épica, esa posibilidad siempre viva de que el corazón y la casta permitan lograr hazañas que atentan totalmente contra la lógica, es lo que dota de un interés especial a estos últimos compases de la temporada que se avecinan. Porque, si fuésemos realistas, si el deporte fuese algo que atendiese a la razón, muchas competiciones carecerían, a estas alturas del año, de todo tipo de interés.

Si sólo la lógica guiara los designios del balón, por ejemplo, la Liga estaría totalmente decidida. El Barcelona practica un fútbol de otra dimensión al que el Real Madrid no podría acercarse ni realizando su mejor partido. Marcan más goles que nadie, encajan como los que menos y enamoran hasta al más merengue con su juego de alta escuela. Pero los blancos, pese a todo, siguen ahí, a seis puntos, aguardando al clásico en el Santiago Bernabéu para intentar hacer suya la frase del mítico Herb Brooks, entrenador de la selección estadounidense de hockey hielo en los Juegos de 1980, cuando dijo, refiriéndose a los soviéticos: “nos ganarían nueve partidos de cada diez, pero éste lo ganaremos nosotros”.

Tampoco tendría sentido, si el guión se ajustase siempre a lo esperado, que ciertos equipos de la NBA se vean obligados a disputar la primera ronda de los playoffs. Que los desahuciados Pistons vayan a sorprender a los poderosos Cavaliers o que los Celtics, vigentes campeones, sucumban contra unos Bulls que han perdido tantos partidos como han ganado en la temporada regular, parece un imposible. Pero, por fortuna, casi siempre aparece un ilusionado y carismático rebelde, como el novato Derrick Rose (36 puntos en su primer partido de playoffs que ponen a Boston contra las cuerdas), para recordar que nunca hay que vender la piel del oso antes de cazarlo.

Algún insurrecto de ese estilo tendrá que surgir en el futuro para recordar a los aficionados de Montecarlo lo que es asistir al tenis sin saber de antemano quién va a ganar. Porque Rafael Nadal parece convencido de querer acabar con todo tipo de idealismos en la tierra batida del principado monegasco. Lleva cinco años consecutivos prolongando una dictadura del realismo que no parece tener fin. No, al menos, mientras el Masters de Montecarlo sea el primero de la temporada de tierra y no surja ningún tenista capaz de adaptarse más rápido a esta superficie que el manacorí. Tendrá que aparecer algún heredero de Herb Brooks o de Derrick Rose que recuerde al público de Mónaco lo emocionante que era su torneo cuando los deportistas lo afrontaban con un mayor margen para soñar.

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