Dos versiones. Telecinco pide al impulsor del boicot a La Noria 3,6 millones de euros. El supuesto boicoteador se defiende diciendo que sólo quería “mejorar la sociedad”.
Y resumo para los que desconozcan la historia. El bloguero y periodista Pablo Herreros critica que el programa La Noria deje un espacio a la madre del El Cuco, el presunto autor de la desaparición de Marta del Castillo, para declarar sobre el caso. No va gratis. Cobra 9.000 euros por estar un rato en antena. Herreros decide denunciarlo en redes sociales y publica la lista con los anunciantes que pagan por insertar su publicidad en ese programa. El fenómeno tiene gran difusión y miles de usuarios anónimos (y famosos) se unen a esta crítica. Los anunciantes, con miedo a perder clientes/consumidores, retiran su publicidad. Poco a poco, La Noria se queda sin ingresos y es obligada a desaparecer.
El objetivo de Herreros, según él, es lograr que las cadenas no cobren por llevar a “criminales" o familiares de los mismos a programas de televisión. Con un lema al estilo del No todo vale llega su petición hasta el Congresos de los Diputados. Los partidos no se mojan y sólo instan a las televisiones a una autorregulación.
La supuesta víctima es Telecinco. Le acusa de boicot, de que el bloguero está contratado por Antena 3, le responsabiliza de la pérdida de audiencia y de publicidad y afirma que las marcas han sido “amenazadas violentamente”. El acusado es Pablo Herreros que se enfrenta a dos posibles delitos: amenazas y coacciones y se expone a una condena de entre tres meses a tres años de cárcel y a una multa de 3,6 millones de euros.
Hasta aquí los hechos.
No entro a valorar si las intenciones del bloguero fueron movidas por un afán de publicidad de su empresa, por un intento de derrotar a la cadena movido por un interés personal o ajeno, por un experimento social o por el sano propósito de evitar que eso vuelva a ocurrir.
Dejando eso de lado que es lo que unos y otros, según el bando, juzgan –y muchas veces sin saber-, lo que sí es cierto es que miles de personas, sin conocerlo personalmente, y movidos sólo por un tweet y por un sentimiento que tenían dentro, quisieron denunciar este hecho y le apoyaron de principio a fin.
Uno puede tener un interés y ser seguido por algunos, pero cuando tantas personas se unen a denunciar algo, quiere decir que hay algo latente y que puede que sea un buen momento para reflexionar. Y matizo. No siempre el hecho de que muchos “griten” es sinónimo de que algo va mal, pero sí que es –al menos- síntoma de que algo hay.
Sea como fuere, las cadenas privadas –y en especial Telecinco- son propensas a emitir aquello que dé más audiencia. Ése es el fin, pero eso no debe justificar los medios. Y para estas televisiones, muchas veces el medio está justificado con tal de tener unos buenos números a final de mes.
El trabajo del periodista, sin embargo, debe ser siempre filtrar, tener criterio, pensar antes de actuar qué se debe emitir y qué no, buscar bien la fuente, saber qué interesa a la audiencia (pero no por morbo, sino por información, por formación o incluso por entretenimiento), etc. Y si esto no sucede, si sólo miramos qué vende más, no hace falta un periodista, hace falta una persona sin escrúpulos. Así que, ya no sólo eliminamos a los periodistas de la primera plana de esos programas (ya que no es requisito haber estudiado periodismo para salir en prime time) sino que también los eliminamos de la redacción/producción/dirección…
El debate, por tanto, es más profundo y anima a repensar si el contenido de los programas son apropiados; si todo vale a la hora de conseguir audiencia; si podemos pagar por entrevistar a familiares o a protagonistas de delitos o crímenes e, incluso, si debemos invitarlos; si el espectador es un consumidor pasivo o activo; si hace falta un mínimo de formación para dar una opinión crítica y pensada en los programas o si cualquier persona vale, y tantísimas preguntas más que darían lugar a horas y horas de discusión.
Deberían ser los profesionales los que se plantearan estas preguntas y los que, sin la imposición de nadie ni de nada, tomaran una decisión correcta, pero no siempre ocurre así. Ahora le toca el turno a los espectadores. En sus manos está si quieren o no cambiar las parrillas. Sin audiencia, el programa será retirado. Esta solución es la más sencilla y la que menos ponemos en práctica…
Por eso, dejo abierto otro debate: ¿por qué de puertas para afuera criticamos lo que vemos de puertas adentro? ¿Tenemos la televisión que nos merecemos o como ya nos hemos acostumbrado a ella, no nos planteamos cambiarla?