Campo Pequeno

17-08-2010
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El otro día soñé que era rejoneador y que iba al sastre para que me vistiese "a la federica". Y el muy espabilao, al ver mi presupuesto, me sacó el terno de un forçado portugués. Del susto desperté -¡y con menudo genio!- pues el hipotético cortatelas me quería endosar un traje propio del disfraz de la bandera portuguesa, con todos mis respetos a los vecinos de Lusitania.

Me quedé tan mosqueao con el rojo y con el verde como se queda el jefe de la manada cuando con los calores de agosto despunta un novillete para quitarle el mando sobre las vacas de vientre. Así que no paré en mi empeño hasta encontrar la explicación lógica a mi desdichada cabezada. Y ahí estaba, rozándome el fajín, la tarjeta postal que hacía tiempo me había enviado desde Estoril la guapa secretaria de una de esas actrices que merodeaban el Chicote de la Gran Vía madrileña.

El papel estaba ya amarillento, pues lo encontré en la balda de las botellas que me ayudan a la digestión de sobremesa, y al toparme con la cartulina me había dado gusto recordar las líneas que contenía. En los tiempos de la misiva las bellas de la pantalla coqueteaban con los matadores de fama mientras uno se contentaba con el séquito que, sin ser damas tan populares, no dejaban de derrochar belleza y simpatía con quienes les invitaban a bailar una pieza en la verbena.

Aquello de la secretaria de la americana no duró más de alguna que otra postal más, pues su actriz daba más vueltas al mundo que la mismísima Luna, y uno, claro, nunca pensó en guardar ausencia. Pero en esos meses compartimos además de piezas en el baile alguna que otra tarde de toros. Tras aquella postal del elegante Estoril del casino, tomé el tren rumbo a Lisboa. Allí, por cierto, descubrí qué era lo de vestir a la federica entre los caballeros rejoneadores y lo importante que es colear al toro cuando llega el turno de los forçados, la versión ligera de esta Fiesta que tantas pasiones me despierta desde que mi mare me mentó algo de dejarme sin la herencia cuando me dedicaba a saltar tapias ganaderas.

Eso sí, además de una corrida a la portuguesa en Campo Pequeno, la bella Lisboa nos acarameló la cena al son del fado y el rico bacalau de la Rua dos Sapateiros. "Zapateros", en cristiano, que no es lo mismo que decir sastre, como el canalla que me quería vestir de don Carnal aprovechando que Curro estaba traspuesto por la copita de vino dulce. Menos mal, como dijo ese otro, los sueños sueños son.

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