En estos pasillos del Congreso de los Diputados hay unos señores silenciosos y generalmente discretos que se dedican única y exclusivamente a retratar cuanto acontece en el Parlamento. Suelen apoyarse en una pared o aparecer tras una puerta, siempre con la cámara en mano para inmortalizar un instante, un gesto que dura apenas unas milésimas de segundo. Son los encargados de mostrar al conjunto de la sociedad lo que a simple vista el ojo no ve.
Uno de esos maestros de las lentes es Bernardo Díaz. El periódico El Mundo ha publicado tres imágenes suyas que resumen el gesto que la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, hizo esta semana a un diputado que tenía sentado frente a ella. Primero le señala con el dedo para que se dé por aludido y luego lo pasa por el cuello en horizontal para darle a entender que le va/van a cortar la cabeza. Entre medias, la secuencia completa da a entender que la vicepresidenta hizo el gesto en tono de broma por la derrota que había sufrido un partido de la oposición. Pero tampoco está claro que fuera así.
Parece que el destinatario era el Partido Nacionalista Vasco. Pero lo de menos es a quién querría degollar la vicepresidenta, sino el hecho en sí de que la segunda autoridad del Gobierno se atreva a hacer semejantes indicaciones y que, además, las protagonice en el Congreso de los Diputados, sede de la soberanía nacional, casa de todos los españoles y símbolo del sistema democrático.
Los tiempos en los que los reyes y los dirigentes cortaban la cabeza a los súbditos y a los opositores quedaron en el pasado hace mucho tiempo, aunque por desgracia todavía hoy en día se sigue practicando de diferentes formas en dictaduras y regímenes totalitarios, algunos de ellos de extrema izquierda.
Lo malo es que, en el caso de De la Vega, no resulta nuevo verla amenazar -aunque sea con una sonrisa- a un representante político o un alto cargo del Estado. Aún tenemos presente la bronca descomunal que echó en plena calle a la presidenta del Tribunal Constitucional a cuenta, según se dijo, de la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña.
Gestos como estos desvelan el verdadero talante de los políticos y cuestionan la amable imagen que dan ante los medios de comunicación. Sonríen delante de las cámaras y de los micrófonos, pero cuando no se sienten observados muestran su verdadero ser.