En el siglo XXI cada vez hay menos causas por las que luchar. Más si cabe cuando estas son ficticias y basadas en terruños irreales por las que además te puedes pasar una larga temporada en la cárcel. Por eso en este escenario postmodernista y globalizado el deporte y, en concreto el fútbol, es uno de los pocos resquicios que quedan para calibrar orgullos patrios, aunque ahora se hable de 'La Roja' para evitar llamar a España lo que es: España. Hay en España quienes tienen orgullos patrios distintos al español, algo totalmente lícito y respetable, que no quieren que gane España, algo que también es lícito aunque de resentidos y envidiosos. El deporte y en concreto el fútbol es un gran foco de admiración e imitación por todo el mundo especialmente por las nuevas generaciones que siempre se sentirán más atraídos por las hazañas de Iniesta, Iker o Busquets que por las fábulas de Sabino Arana. Eso los independentistas lo saben y lo temen, por eso se ponen nerviosos cuando juega y gana España.
El otro día en Pamplona fue apuñalado un joven gaditano que llevaba la camiseta de España al grito de "españoles de mierda", en Bilbao otra cacería antiespañolista acabó con la paliza a tres jóvenes que llevaban la misma prenda, corren a reivindicar sus selecciones "nacionales" en competiciones oficiales, en las redes sociales, jóvenes abertzales han creado grupos manifestando su deseo de que pierda la selección española. Se sienten más identificados con Alemania u Holanda, pese a que los jugadores de España son un ejemplo no sólo futbolístico, sino humano. Luego ellos admiran a gente como Otegi o De Juana Chaos. Hasta políticos independentistas de primer nivel han expresado su preocupación por la proliferación de banderas de España en los balcones. En definitiva, "ladran Sancho, señal de que cabalgamos". Gracias España, simplemente por hacernos sentir orgullosos.