El León de las Cortes.- Espero que por estas latitudes parlamentarias no haya ningún malpensado que quiera distinguir entre buenos y malos al hablar de la familia Gabilondo. Decir "el bueno de Gabilondo" no significa que haya uno bueno y otro malo, entre otras cosas porque son muchos los hermanos y habría que entrar en una disquisición un poco más complicada.
Cuando me refiero al bueno de Gabilondo quiero decir que el actual ministro de Educación parece buena persona. Es tranquilo, culto, de conversación sosegada y tono conciliador. Lo transmite en persona cuando pasea por estos salones del Congreso de los Diputados pero también en la propuesta de pacto de estado que acaba de lanzar a las comunidades autónomas.
En medio de tanta crispación política, siempre es agradable encontrar un político de altura dispuesto a hacer las cosas bien y con vocación de permanencia. Más aún si se trata de reformar la educación de este país, uno de los peores de la OCDE y con más bajos niveles de calidad en la Unión Europea. Gabilondo parece querer cambiar todo eso y se agradece, aunque no lo tendrá fácil.
Por aquí sabemos bien que la Ejecutiva del PSOE está por encima de muchos ministros y que la mayoría de los integrantes del Consejo de Ministros trabajan al dictado de lo que ordenan desde la sede de la calle Ferraz. Además, Gabilondo está entre la pared que ha levantado el Partido Popular con su propuesta de pacto educativo y la espada de los socios de Zapatero. El Partido Socialista de Cataluña y Esquerra Republicana vetarán cualquier medida en defensa del castellano, de la creación de un cuerpo nacional de docentes y de la libertad de elección de los padres.
Gabilondo tendrá que elegir: el pacto educativo o los socios de Zapatero, levantar la calidad de la enseñanza o arrodillarse a los intereses socialistas. En cualquier caso, no será fácil. Tampoco hay que descartar que todo quede en migajas o se marche a lo Solbes antes de tiempo. Por ahora, hay que confiar en el bueno de Gabilondo.