LA GRAN VÍA DE MADRID CELEBRA 100 AÑOS DE VIDA

La calle que nació sin ser concebida

Todo castizo ha recorrido el kilómetro y medio más emblemático de Madrid: la Gran Vía. ¿Cómo describir esta vieja avenida? Podría definirse como un mosaico de colores que construyen miles de personas cada día. La Gran Vía concentra, como ninguna otra, el esplendor y la esencia de la arquitectura, la cultura, la diversión, el comercio y la diversidad, y alberga a cientos de personas con las que intercambiar una sola mirada.

| Fotos: María Labodía
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Silueta de la Gran Vía inaugurada por los Reyes
El rey Alfonso XIII, piqueta de oro en mano, dio comienzo a las obras de la Gran Vía de Madrid en 1910. Se llevaron a cabo en tres tramos. El objetivo era eliminar calles estrechas y antihigiénicas, comunicar los barrios de Argüelles y Salamanca y descongestionar la Puerta del Sol. Tras 20 años de obras, se construyó la famosa avenida.

El proyecto fue clave para la modernización de la capital. La nueva avenida facilitaba la comunicación de los barrios nuevos con los ensanches y, además, gracias a ella, Madrid adquirió un tinte más innovador. Las calles antiguas y provincianas fueron sustituidas y aparecieron grandes almacenes, atractivos escaparates, cines y teatros y bares americanos. Poco a poco, la capital se convirtió en un lugar ocioso y cosmopolita.


La Plaza de Callao divide en dos la Gran Vía de Madrid
Raúl Guerra Garrido, autor del libro La Gran Vía es New York, cuenta que en esa época aparece el gran espectáculo del cine, lo que produce una simbiosis en la sociedad: “a partir de entonces no se puede hablar de la Gran Vía sin mencionar el cine; ahora los cines están desapareciendo, y no sé si terminaremos por no hablar de ellos”, opina el escritor. Respecto a los cambios que la transformaron, confiesa que “la modernidad vino con todas sus cosas buenas, pero también con las malas”.

Los hechos lo demuestran. Con el paso de los años, se han cerrado cines como el Coliseum, Azul e Imperial y teatros como Teatro Martín y Teatro Arniches. Es por ellos por lo que son muchas las asociaciones de vecinos que están luchando contra ello, pues consideran que es un ataque a la cultura.


La calle está plagada de edificios cargados de historia y de arte
TODAVÍA LATE LA ANTIGÜEDAD

Poco a poco, la Gran Vía se ha ido transformando hasta lo que es hoy, el corazón de Madrid que nunca para de latir. Pero todavía existe el resquicio de lo que esta calle fue. Entre los edificios de distinto estilo arquitectónico, se encuentran calles estrechas que esconden comercios con historia. A pesar de que con el tiempo han desaparecido algunas librerías antiguas, como Rubiños 1860, decana de las españolas, aún perviven algunas nacidas a finales del siglo XIX y principios del XX. Casas de libros que reúnen en su interior pequeñas obras de arte listas para hacer las delicias de los grandes amantes de la literatura.

Un ejemplo de estos restos de antigüedad es la calle de Los Libreros. Su nombre actual se debe a las numerosas librerías de segunda mano que han encontrado su sitio en esta antigua bocacalle de la Gran Vía, llamada en el pasado Ceres. Un librero de esa misma calle, presume de los 45 años que tiene su negocio y declara que “muchas cosas han cambiado aquí con el paso del tiempo, pero el gusto por la buena literatura aún pervive en esta ciudad”.


UN CHOTIS MODERNO

Madrid, metrópoli y cuna del chotis, celebra por todo lo alto el primer centenario de la Gran Vía. Por eso hasta diciembre se sucederán un sinfín de actividades para conmemorar esta histórica fecha. La nueva campaña turística de Madrid tiene como música una versión actualizada del famoso chotis Madrid de Agustín Lara y, como imagen, una Gran Vía que pasa del blanco y negro de las imágenes de los años 50 por Català Roca a los colores ácidos, invitando a descubrir la cara más dinámica de una ciudad cuya alegría vital no cambia con el paso del tiempo.

100 años después, en la Gran Vía se respira el carisma castizo y la diversidad de su gente, sea del país que sea, porque aquí reside su aroma cosmopolita. En ella se refleja una ciudad que no es más que el cuadro que la inmortaliza; un cuadro que protagonizan cientos de personas distintas todos los días, forjando de este modo, la historia de nuestra capital. Ha cambiado para adaptarse a las nuevas tendencias, pero basta aspirar sus rincones para detectar que nos cuesta olvidarnos del desarraigo.

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