UN MAESTRO DEL PERIODISMO Y LA TRANSICIÓN

Recuerdos de Antonio Fontán

Hablar de Antonio Fontán es hablar de un periodista histórico y de un político histórico y también de un maestro que no tenía inconveniente en atender a estudiantes de Periodismo para sacar de su memoria recuerdos sobre su larga trayectoria periodística. Fue director del primer Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra, vinculada al Opus Dei, institución a la que siempre estuvieron vinculados Fontán y los medios de comunicación en los que trabajó (Actualidad Española, Nuevo Tiempo, Madrid...)

| Fotos: Facebook de Antonio Fontán
20-01-2010
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Antonio Fontán, cuando era director de la escuela de Periodismo de Navarra
DIARIO MADRID

Periodísticamente si hay algo por lo que fue especialmente conocido Antonio Fontán fue por aceptar la dirección del Diario Madrid en 1967. El periódico tenía su origen en el histórico periodista Juan Pujol, director de Informaciones durante la Segunda República. Acabada la guerra civil española, Informaciones con Víctor de la Serna, se hizo con los talleres de El socialista, dejando libres los talleres de Informaciones, con los que Pujol creó un nuevo diario de la tarde, el diario Madrid, que tuvo posiciones de franquismo fervoroso, como toda la prensa por entonces.

En los años sesenta, el diario quedó en manos de la sociedad FACES, a cuyo frente estaba Rafael Calvo Serer, que a pesar de su origen falangista ya era un claro referente de la oposición al franquismo y fue él quien nombró a Fontán director del Diario Madrid, etapa en la que el diario logró su mayor grado de popularidad. Fontán reconocía sin tapujos que el Diario Madrid siempre tuvo intención política: “Lo teníamos claro, queríamos provocar un cambio”. Durante su dirección, la redacción del diario se llenó de jóvenes periodistas del cambio como José Oneto o Miguel Ángel Aguilar. También circularon durante su etapa personajes que más tarde darían que hablar como Sebastián Auger –el destroza-empresas– del que Fontán tenía mejor opinión que otros periodistas que coincidieran con él (De la Serna, Torres Cervigón, Aguilar). Para Fontán fue “un ave de paso en Madrid, buena persona, competente, pero eso sí, que no quería ningún tipo de complicaciones políticas. No se mojaba demasiado”.

Aprovechando que la Ley Fraga (1966) había suprimido la censura previa, el Diario Madrid comenzó a publicar abiertamente cosas que nadie atrevía a publicar hasta entonces: “Fuimos los primeros en hablar del sindicato Comisiones Obreras, cuando no lo hacía nadie, llegando al punto de que cuando encarcelan a Marcelino Camacho, su hijo estuvo trabajando en Madrid”. Pero hacer uso de aquella libertad en plena dictadura del general Franco les iba a costar caro.

Fontán relataba una impactante anécdota en el despacho del ministro de Información, Manuel Fraga Iribarne. “Él se levantó y golpeando la mano contra la mesa dijo ‘¡Esto no se publica! No sale’. A lo que yo respondí: ’¡Manolo, estás hecho un sultán!’ Y abandoné su despacho. Cuando ya estaba en la puerta del edificio, me llamó uno de los conserjes y me dijo. ‘Por favor, el ministro le ruega que vuelva al despacho’. Volví y ya se disculpó por el tono”.

Las relaciones con el Ministerio de Información, tanto con Fraga como con el sucesor de este, Sánchez Bella, no pudieron ser peores. Un artículo sobre los desórdenes en las universidades fue el primero de una larga lista de textos del diario que valieron expedientes y multas hasta el más célebre de todos ellos, el de Retirarse a Tiempo, no al general De Gaulle, publicado el 30 de mayo de 1968, que el régimen consideró como una afrenta personal al general Franco y por tanto una violación directa del artículo 2 de la Ley Fraga y que provocó que la edición fuera secuestrada y al periódico se le aplicara la suspensión.


Antonio Fontán al ser investido doctor honoris causa junto a Fernando Álvarez de Miranda
De acuerdo con la ley, la sanción más dura era suspensión por dos meses, pero la realidad es que el Diario Madrid estuvo cerrado hasta cuatro meses. “Aceptaron dos a la vez. Ellos tenían ya un expediente abierto contra nuestro periódico cuando Calvo escribió lo de Retirarse a Tiempo, al publicarse deciden aplicar la sanción por ese expediente y cuando está a punto de acabar el tiempo de suspensión por ese, nos abren un segundo expediente por lo de Calvo”. Fontán tenía muy claro que el objetivo era hundir el periódico, por lo que suponía por publicidad y por todos los empleados estar cuatro meses fuera del mercado. “Es un modo de actuar propio de las dictaduras”, comentaba. En su reaparición, en septiembre, Fontán publicó en portada un editorial que decía “El estilo de Madrid está –y quiere estar– a una distancia astral de todo extremismo”.

Él aseguró que se mantuvo al margen de todas las guerras accionariales de finales de los sesenta entre Calvo Serer, García Trevijano y el Banco Popular, que desembocaron en la destrucción del diario. Tampoco tenía clara la participación en la liquidación del periódico por parte del que era su principal competidor, Emilio Romero, director de Pueblo. “Emilio Romero se creía el centro del mundo, pero no creo que tuviera tanto poder. Aunque es verdad que siempre estuvo en contra del Madrid, su única intención al publicar editoriales contra nosotros era quedar bien con el Régimen”. También recuerda el célebre acto de la auto-voladura del edificio del Madrid tras su cierre: “El edificio se había vendido a una inmobiliaria y se decidió realizar la primera voladura controlada de España. Lo que hicimos algunos de Madrid fue acercarnos y tomar algunas fotos que tuvieron mucho éxito en Europa”.

Al final, Antonio Fontán y Rafael Calvo Serer se separaron cuando este último abandonó España para intentar liderar desde Francia la oposición junto con el líder comunista Santiago Carrillo. “No es que fuera comunista, Calvo tuvo que marcharse de España porque iban a detenerlo. Y se dio la circunstancia de que Calvo buscaba a la izquierda y la izquierda buscaba a Calvo. Una vez le visité en Francia y tras hablar con él me dijo que si me quedaba un rato más me presentaría a Carrillo, pero yo le dije que no, que prefería conocerle en el Parlamento, como en efecto ocurrió”. La Junta Democrática que Calvo Serer intentó liderar fue un fracaso, en cambio Fontán encontró espacio en la UCD de Adolfo Suárez –dentro del sector liberal– y ocupó el cargo de primer presidente del Senado democrático. Tras la aprobación del a Constitución, Fontán sería diputado y ministro en los gobiernos de Suárez.

Paradójicamente, tras la caída de la UCD, Fontán se pasaría a través de Unión Liberal a Coalición Popular, la formación que lideraba Manuel Fraga, por lo que era imposible no preguntarle si en alguna ocasión reprochó a Fraga su actuación con el Diario Madrid. “¿Reprochar? La Transición se hizo con gente de dentro y de fuera, no era el momento de reproches, sino de unirse”.


En el aniversario de los estudios de la Universidad de Navarra, junto a Covandonga O'Shea, Mónica Herrero e Iñaki Gabilondo
LA CADENA SER

Algo mucho menos comentado en la biografía de Antonio Fontán es que su familia era la accionista mayoritaria de la cadena SER, de hecho su hermano Eugenio ocupaba el puesto de consejero-delegado. Fontán recordaba cómo durante el golpe del 23-F, él -como rehén en el Congreso- estaba muy pendiente de lo que hiciera su emisora: “El 23-F comenzó por la tarde, en ese momento no hay periódicos, que salen todos por la mañana. Entonces Antonio Garrigues [presidente de la SER], mi hermano y Calderón, tuvieron el acierto de enviar a toda la gente a las puertas del Congreso. Fue con el micrófono Butanito, que fue el más activo”.

“Butanito” es, naturalmente, José María García, cuya salida de la SER en noviembre de 1981 fue muy comentado en su momento y del que Fontán tenía su opinión: “Butanito era una estrella periodística, pero insultaba personalmente a la gente, al ministro Pío Cabanillas le llamó payaso. Por eso tuvo una reunión con mi hermano y Calderón y le dijeron que eso no, que no se insultaba y él dijo que entonces se iba porque era un periodista independiente. Y lo que era es un deslenguado”.

Pero si hay un relato realmente interesante que hiciera Fontán fue el de la compra de la cadena SER por parte del Grupo PRISA: “Polanco andaba buscando entrar en radio. Había muerto un accionista, Gómez Mira, que era propietario del 8%, y yo quise comprar su parte, para lo cual pedí autorización al Gobierno, pero nunca me llegó. En cambio, la pidió PRISA y ellos sí recibieron autorización, por lo que ya tenían el 8%. A la semana siguiente, compraron el 15% de las acciones de la SER que tenía el Banco Hispanoamericano. El presidente de aquel banco, Alejandro Albert, era cuñado de Javier Solana, que entonces era ministro y fue el mediador de todo. Albert me dijo luego que aceptó porque las acciones no eran suyas, sino del banco. Y él debía velar por los intereses del banco si el precio ofrecido era grande y lo era”.

Todos estos hechos ocurrían a principios de 1985. “Al entrar PRISA, los accionistas se dividen. Antonio Garrigues no quiere tomar parte en esa disputa. Yo le digo a Polanco que mejor lo resolvemos los dos en un despacho. La situación era la siguiente: PRISA disponía de un 25% y el Gobierno tenía otro 25% y contra el Gobierno no había nada que hacer, así que le dije: Jesús, has ganado. Yo sé sumar y tú también. Lo único que te pido es que sea un buen precio y lo fue”. Fontán esbozaba una sonrisa recordando la salida de su familia de la que había sido su radio. “Me negué a firmar el traspaso, no quise ir, le mandé un apoderado”.

Antonio Fontán nunca abandonó el periodismo, de hecho cada tanto se veía una “tercera” suya en el diario ABC. Pero como persona de un gran sentimiento cristiano, se negaba a escribir en otros periódicos: “Pedro J. Ramírez –que hizo prácticas de joven en su semanario Actualidad Española– me llamó expresamente varias veces para pedirme que escribiera en su periódico, pero yo le dije ‘Pedro, no puedo escribir en un periódico que publica blasfemias’, como es el caso de El Mundo”.

En 2008 fue nombrado por el Rey marqués de Guadalcanal. Cuentan que su majestad pidió entonces “que no le falte de nada”. Y, parece ser que así fue, pues a su fallecimiento tenía con él lo único que necesitaba: su crucifijo, la Biblia y un libro de Jesús del Papa Benedicto XVI.

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